Beneficios del ejercicio físico en el tratamiento de adicciones
Beneficios del ejercicio físico en el tratamiento de adicciones

Beneficios del ejercicio físico en el tratamiento de adicciones

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Cuando una persona entra en tratamiento por una adicción —ya sea a alcohol, cocaína, cannabis, juego, sexo o pantallas— suele pensar que todo el proceso va a pasar por hablar, por revisar su historia, por identificar detonantes y por aprender a gestionar emociones. Y es verdad, esa parte psicológica es esencial. Pero en un enfoque integral como el que utilizamos en Centro Terapéutico Momento, en Madrid, hay otro pilar que cada vez defendemos más: el ejercicio físico. No como una actividad aislada para “cansarse” o “despistarse”, sino como una herramienta terapéutica que ayuda al cerebro, al cuerpo y a la propia autoestima a recuperarse del impacto que la adicción ha tenido. El ejercicio, bien introducido y adaptado al momento de cada persona, puede acelerar la recuperación, reducir el riesgo de recaídas y devolver una sensación de capacidad que muchas veces estaba perdida.

Por qué el cuerpo es importante cuando hablamos de adicciones

La adicción no solo ocurre en la mente. El cuerpo también se acostumbra a la presencia de la sustancia o a la activación que produce la conducta adictiva. Hay cambios en neurotransmisores, en el sistema de recompensa, en el sueño, en la energía, en el apetito. Cuando una persona deja de consumir, el cuerpo tiene que volver a aprender a funcionar sin ese estímulo externo. Esa fase puede ir acompañada de ansiedad, irritabilidad, nerviosismo, insomnio o una sensación de “no sé qué hacer con mi energía”. El ejercicio físico ofrece un canal seguro para colocar todo eso. Permite descargar tensión, mejora el sueño y ayuda a que el sistema nervioso recupere un ritmo más estable. Es, de alguna manera, una forma sana de conseguir activación y bienestar sin recurrir a la sustancia.

Regulación del estado de ánimo y del estrés

El sueño es uno de los aspectos que más sufre con el consumo y con la retirada. Hay personas que bebían para dormir, personas que consumían estimulantes y alteraban totalmente su ciclo, o personas que se quedaban despiertas de madrugada jugando o viendo porno. Cuando se empieza a tratar la adicción, el sueño puede volverse irregular y eso aumenta la irritabilidad y las ganas de volver a consumir. El ejercicio físico, realizado en las horas adecuadas, ayuda a regular el reloj interno. El cuerpo se cansa de forma saludable, la temperatura corporal sigue su ciclo natural y es más fácil conciliar el sueño por la noche. Dormir mejor no es un lujo: es un factor protector frente a recaídas. Una persona que descansa está más estable, tiene más paciencia, piensa con más claridad y tiene más recursos para decir que no.

Mejora del sueño y de los ritmos biológicos

Suele ser un hijo o hija que decide que en una casa donde hay caos él o ella no va a dar problemas. Saca buenas notas, ayuda en casa, cuida a los hermanos, es amable, es responsable. Ocupa el lugar de “mira, al menos uno bien”. Este rol le da oxígeno a la familia porque demuestra que no todo está mal, pero a la vez impide que ese hijo exprese su propio malestar. Muchas veces los héroes de familias adictas llegan a consulta de adultos, agotados, con ansiedad o con síntomas depresivos porque han vivido toda la vida compensando el desorden de otro. Su mensaje interno suele ser “si yo estoy perfecto, no molesto más”. Pero detrás hay una necesidad no vista: ser cuidado también.

Recuperación de la autoestima y de la sensación de logro

La adicción suele dejar la autoestima muy dañada. Hay promesas incumplidas, discusiones, fallos en el trabajo, olvidos, episodios que la persona preferiría no recordar. Todo eso va construyendo una imagen interna de “no valgo”, “no puedo”, “siempre vuelvo a lo mismo”. El ejercicio físico, cuando se plantea con objetivos realistas, devuelve rápidamente experiencias de logro: hoy he salido a caminar 20 minutos, hoy he hecho una tabla de fuerza, hoy he vuelto a la clase que me daba vergüenza. El cuerpo responde relativamente rápido con más energía, mejor postura, más resistencia. Y eso ayuda a que la persona pueda decirse “mira, sí puedo”. Es un mensaje muy potente porque se traslada a otras áreas del tratamiento: si puedo con esto, puedo con no beber hoy; si puedo con esto, puedo con ir a terapia. En el modelo de Momento insistimos mucho en que la persona tiene que experimentar que puede, no solo que le digan que puede

Ocupar el tiempo y romper rutinas asociadas al consumo

Muchas recaídas no vienen porque la persona lo esté pasando fatal, sino porque tiene demasiado tiempo vacío. Son esas horas que antes se ocupaban con el consumo o con la búsqueda de la sustancia y que ahora quedan libres. Si no se llenan con algo estructurado, el cerebro vuelve a dirigir la atención hacia lo que conoce. El ejercicio físico es una de las mejores formas de ocupar ese tiempo de forma saludable. Ir al gimnasio, salir a correr, apuntarse a una clase colectiva o simplemente caminar a buen ritmo se convierten en nuevas rutinas. Y las rutinas nuevas ayudan a romper las asociaciones antiguas: si antes a las 19:00 consumía, ahora a las 19:00 entreno. Este cambio de guion es clave para que el cerebro vaya dejando de vincular determinadas horas o lugares al consumo.

Beneficios físicos directos tras el consumo

Dependiendo de la sustancia, el cuerpo puede haber quedado con sobrepeso, con musculatura debilitada, con problemas cardiovasculares o con una sensación general de envejecimiento. El alcohol, por ejemplo, afecta al hígado y a la composición corporal; los estimulantes afectan al corazón y al descanso; el sedentarismo asociado a la adicción al juego o a las pantallas pasa factura a la espalda y a las articulaciones. Reintroducir ejercicio mejora la circulación, ayuda a regular el azúcar en sangre, favorece la pérdida de grasa y recupera tono muscular. No se trata de convertir a la persona en deportista de élite, sino de devolverle la sensación de que su cuerpo puede estar sano. Y un cuerpo que se siente sano manda un mensaje positivo a la mente: merece la pena cuidarse.

Prevención de recaídas desde lo corporal

Hay un momento delicado en el tratamiento que es cuando la persona empieza a encontrarse mejor y baja la guardia. Puede aparecer euforia de recuperación (“ya estoy bien, ya lo controlo”) o puede aparecer el aburrimiento (“¿y ahora qué hago sin mi vida de antes?”). El ejercicio funciona aquí como un ancla. Mantener una rutina de actividad física ayuda a descargar el estrés del día, a manejar la frustración de forma sana y a no acumular tensión. Muchas personas nos dicen en terapia: “el día que entreno no me apetece beber” o “cuando salgo a correr se me pasa el ansia”. No es magia, es fisiología: la activación física compite con la activación adictiva. Y además, el ejercicio se convierte en un motivo para no consumir: si mañana quiero entrenar bien, hoy no consumo.

Cómo introducir el ejercicio en un tratamiento de adicciones

No todo vale para todo el mundo ni en cualquier momento. Si la persona está en una fase muy inicial de desintoxicación, puede que esté más cansada, más irritable o con el sueño alterado. Ahí el objetivo no será una gran intensidad, sino el movimiento suave: caminar, estirar, hacer ejercicios de movilidad, incorporar pequeñas rutinas. A medida que el cuerpo se recupera, se puede aumentar la carga: entrenamiento de fuerza básico, actividades cardiovasculares, clases dirigidas que también tienen un componente social (y eso ayuda a no aislarse). Lo importante es que el ejercicio no sea una obligación más que genere culpa si no se hace, sino una herramienta de autocuidado. Por eso en Centro Terapéutico Momento lo integramos como parte del plan, no como un “ya si eso lo haces tú en casa”.

Preguntas frecuentes sobre ejercicio y adicciones

La mayoría sí, pero es recomendable una valoración médica básica, sobre todo si ha habido consumos que afecten al corazón o al hígado. El ejercicio debe adaptarse al estado de salud.

Caminar a buen ritmo ya es un gran comienzo. Lo importante es la constancia. Después se puede añadir fuerza o actividades dirigidas.

No las elimina por completo, pero ayuda a reducir la ansiedad, a mejorar el ánimo y a ocupar el tiempo, que son tres factores que influyen mucho en las ganas de recaer.

Se empieza muy poco a poco. El objetivo no es rendir, es cuidarse y recuperar el cuerpo. Muchas personas en tratamiento descubren el ejercicio precisamente en esta etapa.

Si se usa con la misma función de evasión y sin escuchar al cuerpo, podría darse un uso compulsivo. Por eso es importante que esté integrado en el plan terapéutico y no sea otra forma de huir.

Si estás dejando una adicción o ayudando a alguien que la está dejando, incluir movimiento y ejercicio físico puede ser una de las decisiones más sencillas y más potentes que tomes. No sustituye a la terapia, pero la hace más efectiva porque el cuerpo colabora con la mente. Y cuando el cuerpo, la mente y el entorno van en la misma dirección, la recuperación es más estable.

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