

Kratom: lo que debes saber sobre sus riesgos, usos y adicción
Kratom: lo que debes saber sobre sus riesgos, usos y adicción
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El kratom es un extracto vegetal procedente de las hojas de Mitragyna speciosa, un árbol del sudeste asiático emparentado con las rubiáceas. Durante años se ha popularizado en internet como una alternativa “natural” para aliviar dolor, ansiedad o cansancio y, más recientemente, como ayuda para dejar otras sustancias. Esa etiqueta de natural y su venta a través de tiendas online o de productos de herbolario ha creado una sensación de falsa seguridad: si viene de una planta, no puede ser tan peligroso. En Centro Terapéutico Momento, en Madrid, vemos otra cara de la moneda: personas que empezaron con curiosidad o buscando alivio y que, con el tiempo, han desarrollado tolerancia, síntomas de abstinencia, interacciones con otras sustancias y problemas de salud que no esperaban. En este artículo explicamos, con un enfoque claro y práctico, qué es el kratom, cómo actúa, cuáles son sus riesgos y en qué momento conviene pedir ayuda.
Qué es el kratom y por qué se ha popularizado
El kratom se comercializa en polvo, cápsulas, extractos líquidos o resinas. En su lugar de origen se ha usado de forma tradicional en contextos laborales para combatir el cansancio, masticando las hojas o preparando infusiones. En los últimos años su consumo se ha extendido en Occidente a través de foros y redes sociales, donde se le atribuyen efectos estimulantes en dosis bajas y efectos más sedantes o analgésicos en dosis más altas. Esta promesa doble —energía por el día, calma por la noche—, sumada a su disponibilidad online, lo ha colocado como “solución rápida” para problemas muy distintos: dolor crónico, ansiedad, bajo estado de ánimo, fatiga, insomnio o incluso como apoyo autodidacta para reducir opioides o alcohol. El problema es que lo que funciona como atajo a corto plazo, a medio y largo plazo tiene costes.
Cómo actúa: entre lo estimulante y lo opioide
Las hojas del kratom contienen alcaloides, entre ellos la mitraginina y la 7-hidroximitraginina, que interactúan con receptores del sistema nervioso central. Dependiendo de la cantidad ingerida, del tipo de extracto y de la persona, el resultado puede oscilar desde una sensación de activación y mejor concentración hasta efectos más cercanos a los de los analgésicos opioides, con sedación, disminución del dolor y alivio de la ansiedad. Esta variabilidad es una de las razones por las que muchas personas lo perciben como “versátil”. Pero esa misma interacción con receptores asociados al dolor y al placer explica por qué aparecen tolerancia, dependencia y un síndrome de abstinencia propio cuando se usa de forma repetida.
Por qué la etiqueta “natural” confunde
Que un producto sea vegetal no lo convierte en inocuo. El café, el tabaco o la adormidera son plantas con efectos intensos sobre el organismo. Con el kratom ocurre algo similar: su origen botánico convive con compuestos farmacológicamente activos y potentes. Además, la forma de consumo actual suele concentrar la sustancia más que el uso tradicional, y los extractos que circulan por internet pueden estar estandarizados de manera irregular o incluir mezclas que el comprador desconoce. Esto significa que una misma cantidad de polvo o de gotas puede producir efectos muy distintos según el lote, la marca o el método de extracción, lo que aumenta el riesgo de sobredosificación, interacciones y malestar.
Riesgos físicos a corto y medio plazo
El kratom puede producir náuseas, estreñimiento, sudoración, picor cutáneo, mareo, boca seca, palpitaciones y cambios en la presión arterial. También se han descrito cuadros de sedación excesiva, confusión, somnolencia diurna y enlentecimiento psicomotor que interfieren con la conducción y con trabajos que exigen atención sostenida. En consumos repetidos pueden aparecer alteraciones digestivas más persistentes, pérdida de apetito, fluctuaciones de peso y trastornos del sueño. Cuando la sustancia se utiliza como calmante de la ansiedad o del dolor sin supervisión, el organismo se habitúa y la persona empieza a necesitar tomas cada vez más frecuentes para evitar el malestar, lo que a su vez incrementa los efectos secundarios y la dependencia.
Riesgos psicológicos y de regulación emocional
Desde la clínica vemos que el kratom puede convertirse en una muleta emocional. Si cada vez que aparece ansiedad, dolor, vacío o cansancio una persona recurre al extracto, no solo no está resolviendo el origen del malestar, sino que además entrena al cerebro a depender de un estímulo externo para regularse. Con el tiempo es común observar irritabilidad entre tomas, apatía, dificultad para disfrutar sin la sustancia, bajadas de ánimo cuando no se consume y la sensación de “no poder con el día” si no está disponible. En términos de adicción, esto significa que la sustancia ha ocupado el lugar de regulador, del mismo modo que ocurre con el alcohol o con los ansiolíticos cuando se usan de manera continuada.
Síndrome de abstinencia del kratom
Cuando se reduce o se detiene un consumo frecuente, pueden aparecer molestias similares a las que se observan con otros depresores del sistema nervioso central: nerviosismo, insomnio de rebote, irritabilidad, ansiedad, inquietud corporal, dolores musculares difusos, sudoración y un malestar general difícil de describir. En algunos casos aparece hipersensibilidad emocional, tristeza intensa o pensamientos negativos. Estos síntomas no significan que la persona “necesite” el kratom para vivir; indican que el sistema nervioso se ha adaptado a su presencia y que necesita tiempo y apoyo para reequilibrarse. Afrontar la retirada a solas y de golpe, especialmente tras meses de uso, suele empeorar el cuadro y favorecer la recaída.
Interacciones peligrosas con otras sustancias
El kratom se mezcla con frecuencia con alcohol, benzodiacepinas, analgésicos opioides, pregabalina u otros psicofármacos con efecto sedante. Estas combinaciones aumentan el riesgo de somnolencia intensa, descoordinación, depresión respiratoria, caídas y accidentes. También pueden potenciar la confusión y la desorientación, lo que dificulta valorar si lo que la persona siente es ansiedad, abstinencia, efectos del kratom o una interacción entre todo lo anterior. Desde un enfoque de reducción de daños, hay una recomendación clara: evitar combinaciones con depresores del sistema nervioso central y no usar el kratom para “compensar” subidas o bajadas de otras drogas.
¿Puede ayudar para dejar otras sustancias?
En foros y testimonios personales se presentan historias de personas que dicen haber usado kratom para reducir opioides o alcohol. Entendemos la lógica: ante un malestar intenso, cualquier alivio parece un puente. El problema es que, en la práctica, ese puente con frecuencia cambia una dependencia por otra y añade incertidumbre sobre dosis, pureza y efectos. En un tratamiento serio de adicciones el objetivo no es sustituir un regulador externo por otro, sino devolver a la persona recursos de autorregulación estables y seguros. Por eso desaconsejamos la autogestión con kratom para “quitar” otras sustancias y preferimos un plan supervisado que combine abordaje médico, psicológico y, si hace falta, farmacológico con evidencia.
Señales de que el kratom ya es un problema
Una señal clara es la pérdida de control: proponerse usarlo “solo algunos días” y acabar consumiéndolo a diario. Otra es necesitar cada vez más cantidad o más tomas para notar los mismos efectos. También lo es la aparición de irritabilidad o ansiedad cuando se retrasa una dosis, la dificultad para dormir sin la sustancia, los intentos fallidos de reducción, el deterioro del rendimiento laboral o académico, las discusiones en casa por el consumo y la sensación de vergüenza o de secreto alrededor del tema. Si el kratom organiza tus horarios, tus planes y tu estado de ánimo, ha dejado de ser un recurso y se ha convertido en el centro.
Cómo lo abordamos desde Centro Terapéutico Momento
Nuestra forma de trabajar parte de una idea sencilla: nadie se engancha porque sí. El kratom suele cumplir una función concreta, aliviar algo que dolía o que costaba sostener. Por eso no sirve únicamente “quitarlo”. Lo primero es evaluar el estado físico y psicológico de la persona, su patrón de consumo, las mezclas, el sueño y la alimentación. Con esa información diseñamos un plan de reducción seguro y gradual, coordinado cuando es necesario con valoración médica, y en paralelo intervenimos sobre la función que la sustancia estaba cumpliendo. Esto incluye técnicas de regulación del sistema nervioso, orden del ritmo diario, estrategias para el dolor si está presente, abordaje de ansiedad y estado de ánimo, y trabajo relacional cuando hay conflictos o soledad que alimentan el consumo. El objetivo no es “aguantar a pelo”, es devolver al cuerpo y a la mente la capacidad de estar bien sin depender de un extracto.
Kratom y dolor: lo que conviene tener en cuenta
Algunas personas llegan tras meses de usar kratom como analgésico autodidacta. El alivio inicial es real para muchos, pero tiende a disminuir con el tiempo a medida que el sistema se adapta. Esto abre la puerta a escaladas de consumo y a un dolor que, paradójicamente, puede empeorar entre tomas. En dolor crónico, los mejores resultados se obtienen con estrategias multimodales: fisioterapia, ejercicio adaptado, regulación del sueño, técnicas de control del estrés, intervención psicológica centrada en dolor y, si procede, tratamiento médico con seguimiento. Sustituir todo esto por un extracto “natural” deja a la persona sola ante un problema complejo y, con frecuencia, añade una dependencia nueva.
Aspectos de calidad, pureza y variabilidad
A diferencia de los medicamentos con principios activos definidos, muchos productos de kratom no pasan por controles homogéneos de calidad. Esto implica variabilidad en la concentración de alcaloides, presencia de contaminantes o mezclas no declaradas. Dos envases aparentemente iguales pueden producir efectos muy distintos. Cuando alguien construye su estabilidad emocional o su alivio del dolor sobre una sustancia con tanta variabilidad, lo que obtiene no es estabilidad, sino una montaña rusa difícil de manejar.
Reducción de daños si ya lo estás usando
Si estás en un momento en el que todavía no te planteas dejarlo, hay mínimos de cuidado que ayudan: evitar mezclar con alcohol, benzodiacepinas u otros sedantes, no usarlo para “compensar” subidas o bajadas de otras sustancias, no conducir si sientes somnolencia o niebla mental, vigilar cambios de humor y de sueño y, sobre todo, prestar atención a cuánta parte de tu día depende de la próxima toma. La reducción de daños no es un permiso para seguir, es una forma de mantenerse más seguro mientras decides cómo avanzar.



