psicologia
Apego y adicción
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Cuando pensamos en el duelo, casi siempre lo asociamos a la muerte de una persona querida. Sin embargo, la psicología reconoce desde hace décadas que el duelo es, en realidad, la respuesta emocional a cualquier pérdida significativa, y los procesos de recuperación de una adicción están, con frecuencia, llenos de pérdidas que rara vez se nombran como tales. Se pierde una sustancia que, durante años, cumplió una función; se pierden relaciones, tiempo, oportunidades y, a menudo, una forma entera de entenderse a uno mismo. No reconocer este duelo como lo que es —un proceso de pérdida real que necesita ser elaborado— es una de las razones por las que muchas recaídas ocurren precisamente cuando, en apariencia, todo debería estar mejorando.
Hablar del duelo en la recuperación no es un ejercicio teórico: es una herramienta práctica para entender por qué, semanas o meses después de dejar de consumir, pueden aparecer tristeza, rabia o una sensación de vacío que resulta difícil de explicar a quienes no han pasado por un proceso similar.
Resulta útil pensar en la sustancia no como un simple objeto, sino como algo que, durante un tiempo, ocupó el lugar de una relación. Para muchas personas, el alcohol, la cocaína, el cannabis u otras drogas se convirtieron en el recurso más constante, más disponible y aparentemente más fiable para calmar el malestar, celebrar, socializar o simplemente pasar el tiempo. Dejarla implica renunciar a esa presencia constante, y esa renuncia, aunque necesaria y positiva, no deja de ser una pérdida que el cerebro y las emociones procesan como tal.
A esa pérdida principal se suman otras, muchas veces invisibilizadas: la pérdida de un grupo social construido alrededor del consumo, la pérdida de rituales cotidianos, la pérdida de una forma de gestionar el estrés que, aunque dañina, resultaba conocida. Y, junto a ellas, las pérdidas colaterales que la propia adicción fue dejando por el camino: relaciones familiares deterioradas, oportunidades laborales perdidas, la confianza de personas queridas, años de vida que no se vivieron de la manera en que la persona hubiera querido.
El modelo clásico de las fases del duelo, aunque no debe entenderse como una secuencia rígida ni universal, ofrece un marco útil para reconocer lo que muchas personas experimentan al dejar de consumir:
Estas fases no siempre siguen este orden ni tienen una duración predecible; es habitual pasar por varias de ellas más de una vez a lo largo del proceso.
Uno de los duelos menos hablados, y con frecuencia el más profundo, es el que se produce en relación con la propia identidad. Cuando la adicción ha formado parte de la vida de una persona durante años, terminó configurando, de una forma u otra, quién era esa persona ante sí misma y ante los demás: el que siempre organizaba la fiesta, la que aguantaba cualquier cantidad, el rebelde del grupo, el que nunca decía que no. Renunciar a la sustancia implica, en muchos casos, renunciar también a ese papel, y preguntarse quién se es sin él puede generar una inquietud profunda, casi existencial.
Este proceso de reconstrucción identitaria es, precisamente, uno de los motivos por los que la recuperación no puede reducirse a un esfuerzo de fuerza de voluntad: requiere tiempo, acompañamiento y, muchas veces, trabajo terapéutico específico para descubrir o recuperar una identidad que no dependa del consumo.
Además del duelo por la sustancia y por la identidad, existe un tercer nivel de pérdida que suele emerger con fuerza durante la recuperación: el duelo por todo aquello que la adicción fue arrastrando consigo. Puede tratarse de una relación de pareja que no resistió, de la confianza de los hijos, de un trabajo perdido, de amistades que se alejaron, de la salud física deteriorada, o simplemente de años que se sienten como perdidos. Este duelo acumulado puede resultar abrumador si aparece todo de golpe, razón por la cual conviene abordarlo de manera progresiva y con apoyo profesional, en lugar de intentar procesarlo en solitario.
Un buen acompañamiento terapéutico no trata de acelerar el duelo ni de convencer a la persona de que «ya pasó lo peor», sino de crear un espacio donde estas pérdidas puedan nombrarse, sentirse y elaborarse sin prisa. Algunos elementos que suelen resultar útiles son:
Es importante señalar que un duelo no resuelto puede convertirse en un factor de vulnerabilidad importante frente a la recaída. Cuando la tristeza, la rabia o el vacío no encuentran un cauce de expresión saludable, la sustancia puede volver a presentarse, en la mente de la persona, como la única forma conocida de aliviar ese dolor. Por eso, reconocer el duelo como parte legítima y esperable del proceso —y no como una señal de que algo va mal— es uno de los pasos más importantes para sostener la recuperación a largo plazo.
En MOMENTO sabemos que dejar de consumir implica mucho más que renunciar a una sustancia: implica atravesar pérdidas reales que merecen ser acompañadas con respeto, tiempo y apoyo profesional. Si estás en este proceso, o si alguien cercano lo está atravesando, contar con un equipo especializado puede ayudar a transformar ese duelo en el punto de partida de una vida nueva, en lugar de en un obstáculo silencioso para la recuperación. Estamos a tu disposición para acompañarte en este camino.
El duelo por la vida con sustancias, por una relación dañada o por la identidad que se tenía antes de empezar el proceso de recuperación es, en gran medida, abstracto: no hay un cuerpo que enterrar ni una fecha oficial de pérdida. Por eso, en terapia se recurre en ocasiones a rituales simbólicos que dan forma concreta a algo que de otro modo permanece difuso. Un ritual no elimina el dolor, pero organiza la experiencia: marca un antes y un después, y le da a la persona una señal clara de que una etapa se ha cerrado.
Uno de los recursos más utilizados es la carta que no se envía. La persona escribe, guiada por su terapeuta, una carta dirigida a la sustancia, a la relación perdida por la adicción o a la versión de sí misma que fue durante los años de consumo. En sesión, esa carta se puede leer en voz alta y después romperse o quemarse de forma controlada, como gesto simbólico de despedida. El ejercicio permite poner en palabras emociones que rara vez se verbalizan y cerrar, de forma consciente, una relación que de otro modo queda abierta indefinidamente.
Marcar fechas significativas —el aniversario del inicio de la abstinencia, el "cumplemés" tres o seis meses después de empezar el tratamiento— cumple una función parecida: convierte el paso del tiempo, que de otro modo se vive como una cuenta atrás angustiosa, en una serie de hitos que merece la pena reconocer. Algunas personas eligen también desprenderse físicamente de objetos asociados a la etapa anterior —una ficha de casino, un mechero, una copa concreta— entregándolos, guardándolos fuera de la vista o desechándolos como parte de una pequeña ceremonia.
Es importante subrayar que estos rituales funcionan como herramientas terapéuticas guiadas, no como ejercicios espontáneos para hacer en solitario. Remover recuerdos y emociones intensas sin el acompañamiento adecuado puede reactivar el malestar o incluso el deseo de consumo si no se sostiene en un espacio seguro. Por eso, cuándo y cómo llevar a cabo un ritual de cierre es una decisión que conviene tomar junto al terapeuta, en el momento del proceso en que la persona esté preparada para ello.
Antes incluso de iniciar un tratamiento, muchas personas atraviesan una fase de duelo anticipado: empiezan a despedirse mentalmente de la sustancia o la conducta adictiva mientras todavía la mantienen activa. Es habitual que aparezcan pensamientos como esta será de las últimas veces, o pequeños rituales de despedida hacia el consumo, junto con una mezcla de alivio por la decisión que se aproxima y tristeza anticipada por lo que se va a dejar atrás. Esta fase, aunque incómoda, no es un signo de debilidad ni de ambivalencia excesiva: es una parte natural del proceso de asumir una pérdida antes de que ocurra.
Reconocer este duelo anticipado antes del ingreso o del inicio de la terapia tiene valor clínico, porque permite empezar a trabajar la relación emocional con la sustancia desde antes del primer día de abstinencia, en lugar de esperar a que el duelo aparezca de golpe una vez iniciado el tratamiento. Hablar de ello abiertamente con el equipo terapéutico, en lugar de vivirlo en silencio o con culpa, ayuda a que la persona llegue al tratamiento con una comprensión más clara de lo que está a punto de dejar atrás y de por qué merece la pena hacerlo.
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