psicologia
Apego y adicción
Índice de contenido Qué es el apego y por qué importa en adicciones Apego inseguro como terreno de l…
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La ketamina es una sustancia que nació con un objetivo médico claro: se utiliza como anestésico y, en contextos clínicos controlados, puede tener aplicaciones muy concretas. El problema aparece cuando sale de ese entorno sanitario y se usa como droga recreativa en fiestas, en ocio nocturno o combinada con otras sustancias. Ahí deja de ser una herramienta y se convierte en un riesgo. En Centro Terapéutico Momento, en Madrid, vemos cada vez más personas que la han incorporado como “una raya más” o como “algo para bajar” sin ser del todo conscientes de lo que puede provocar a corto y a largo plazo. Por eso es importante quitarle esa capa de falsa seguridad que a veces tiene y explicar con calma cuáles son sus peligros reales.
Este artículo ofrece información general y no sustituye a una valoración médica o psicológica. Si estás preocupado por tu consumo o por el de alguien cercano, lo más prudente es consultarlo con profesionales.
La ketamina es un anestésico disociativo. Eso significa que puede producir una sensación de separación entre mente y cuerpo, de irrealidad o de desconexión del entorno. En un hospital esto se utiliza con una dosis exacta y con monitorización. En la calle, se suele vender en polvo y se esnifa, aunque también puede aparecer en líquido. ¿Por qué se consume? Porque en dosis bajas puede dar cierta relajación, una sensación de desvincularse de lo que está pasando, de reducir la ansiedad social o de hacer la experiencia musical o sexual “más flotante”. También se usa a veces para “bajar” después de estimulantes. El problema es que la frontera entre una dosis que te hace sentir bien y una dosis que te deja fuera es muy estrecha.
Conviene aclarar un malentendido frecuente. Que en algunos contextos sanitarios se estudie o se use la ketamina bajo indicación y supervisión médica no significa que su consumo por cuenta propia sea una forma de automedicarse. Lo que hace aceptable un uso clínico es el control: quién la indica, en qué situación, con qué vigilancia y con qué sustancia de pureza conocida. Nada de eso existe cuando se compra en un entorno de ocio.
Además, la ketamina que se vende fuera del circuito sanitario no tiene garantías sobre lo que contiene. La persona no sabe qué cantidad está tomando ni si lleva otras sustancias mezcladas, y eso multiplica la imprevisibilidad de sus efectos. La situación legal de esta y de otras sustancias cambia, y conviene consultar siempre la normativa vigente.
Uno de los peligros más conocidos es el llamado “K-hole” o agujero de ketamina. Es un estado en el que la persona pierde casi por completo la conexión con la realidad externa: no responde bien a estímulos, no coordina el movimiento, puede tener alucinaciones o experiencias muy extrañas y no puede manejarse por sí misma. Esto en un entorno controlado puede ser manejable, pero en una fiesta, en la calle o mezclado con alcohol se convierte en una situación de vulnerabilidad extrema. La persona puede caerse, hacerse daño, no darse cuenta de lo que le hacen o meterse en situaciones de riesgo sin capacidad para frenarlas. Esa pérdida de control es uno de los peligros más claros.
Esa vulnerabilidad tiene también una dimensión de seguridad personal. Una persona disociada no puede consentir con claridad, no puede pedir ayuda con facilidad y no puede evaluar si lo que ocurre a su alrededor es seguro. Por eso este tipo de sustancias se asocian, en general, a situaciones de especial riesgo en el ocio nocturno. Si te interesa este aspecto, tenemos un artículo sobre drogas de sumisión química y su prevención.
Además, la experiencia puede resultar muy angustiante. Algunas personas describen sensación de muerte, de estar atrapadas fuera del cuerpo o de no poder volver. Aunque el efecto pase, el recuerdo puede quedar y generar miedo, ansiedad o confusión en los días siguientes.
Aunque muchas veces se piensa que la ketamina “no toca tanto” como otras drogas, sí tiene riesgos físicos. Puede provocar aumento de la presión arterial y del ritmo cardíaco, náuseas, vómitos, descoordinación motora y caídas. Al ser un anestésico, también reduce la sensibilidad al dolor, lo que facilita que la persona se haga daño sin darse cuenta. Si se mezcla con alcohol, benzodiacepinas u otros depresores del sistema nervioso, el riesgo de sedación excesiva y de problemas respiratorios aumenta. Y si se consume de forma repetida durante horas, el cuerpo se deshidrata y se fatiga, sobre todo si la persona está bailando o no ha comido.
Una de las complicaciones más específicas del consumo frecuente de ketamina es el daño en la vejiga y en las vías urinarias. Se ha descrito el llamado “síndrome de vejiga por ketamina”: inflamación, dolor al orinar, necesidad de ir al baño muy a menudo, pérdidas de orina e incluso daño estructural de la vejiga. Este daño puede llegar a ser irreversible si el consumo se mantiene. Es decir, no es solo una resaca rara, es un problema médico real que puede afectar a la calidad de vida. Es algo que muchas personas desconocen cuando empiezan a consumirla solo “los findes”.
Por eso es importante no ignorar las molestias urinarias persistentes en una persona que consume o ha consumido ketamina. Si aparece dolor o urgencia al orinar, o sangre en la orina, lo adecuado es acudir a un profesional sanitario e informarle del consumo, sin miedo a ser juzgado: esa información ayuda a orientar el diagnóstico y el tratamiento.
La ketamina altera la percepción y, con consumos repetidos, puede contribuir a que la persona se sienta más desconectada de sí misma o del entorno incluso cuando no está consumiendo. Pueden aparecer cambios de humor, irritabilidad, dificultad para concentrarse o una sensación de extrañeza con la propia vida. En personas con antecedentes de ansiedad, depresión o vulnerabilidad psicótica, estas experiencias disociativas pueden ser especialmente desagradables o desencadenar crisis. También hay un riesgo emocional más sutil: si cada vez que quiero desconectar tiro de una sustancia que me saca de la realidad, acabo teniendo cada vez menos tolerancia a estar presente. Eso, en el modelo de Momento, es un indicador de que la sustancia está ocupando el lugar de regulador emocional.
Con frecuencia detrás de este patrón hay una dificultad para tolerar emociones incómodas: la tristeza, la tensión social, el vacío, el cansancio de exigirse. La sustancia ofrece un alivio inmediato, pero no enseña a gestionar nada. Con el tiempo, lo que se pierde es justamente la capacidad de estar presente y de sostener lo que se siente, que es lo que se trabaja en un proceso terapéutico.
Rara vez vemos la ketamina aislada. Lo más habitual es que aparezca en policonsumo: alcohol para empezar, algo de estimulantes para subir y ketamina para bajar o para “flotar”. Cada sustancia tiene su propio perfil de riesgos, y al mezclarlas se hace más difícil prever la reacción del cuerpo. Además, al tener efectos tan distintos, la persona puede no percibir cuál es su verdadero nivel de intoxicación: se siente menos activada, pero sigue teniendo alcohol en sangre. Esto puede llevar a conducir, a tener relaciones sexuales sin protección o a no pedir ayuda cuando empieza a encontrarse mal.
Este patrón de mezclas encaja con lo que llamamos poliadicción: varias sustancias que se van encadenando según lo que la persona necesita sentir en cada momento. Si quieres entender mejor cómo conviven y se alimentan entre sí, puedes leer nuestro artículo sobre poliadicción. También abordamos las drogas sintéticas, un entorno de consumo muy ligado al ocio nocturno.
La ketamina puede producir tolerancia: con el tiempo, la misma cantidad hace menos efecto y se tiende a aumentar la dosis o la frecuencia. También puede generar una dependencia psicológica, sobre todo en personas que la usan para no sentir: no sentir tristeza, no sentir ansiedad, no sentir presión social. Si cada vez que hay un plan o un mal momento aparece la ketamina, la relación con la sustancia ya no es inocente. Desde la metodología de Momento lo explicamos así: si la estás usando como solución rápida, es cuestión de tiempo que la solución se convierta en parte del problema.
Algunas señales de que la relación con la sustancia se está complicando:
Ninguna de estas señales sirve por sí sola para diagnosticar nada, pero cuando varias coinciden es razonable pedir una valoración profesional.
Si una persona ha consumido ketamina y se encuentra inconsciente, muy desorientada, con dificultad para respirar, con convulsiones o no responde, hay que llamar al 112 sin esperar a que se le pase. Es importante no dejarla sola, informar a los servicios sanitarios de lo que ha tomado, incluidas las mezclas con alcohol u otras sustancias, y no tener miedo a pedir ayuda por temor a las consecuencias: la prioridad es la salud.
Fuera de la urgencia, pedir ayuda a tiempo marca la diferencia. No hace falta esperar a tener un problema de vejiga o una crisis de ansiedad para plantearse el consumo. Cuando hay dependencia, la desintoxicación, si procede, debe hacerse en clínica especializada con supervisión médica y psiquiátrica, y nunca por cuenta propia. Puedes informarte sobre cómo funciona en nuestra página de desintoxicación.
Es segura en el contexto médico, con dosis controladas y supervisión. Fuera de ahí, los riesgos aumentan porque no se controla la cantidad ni la pureza.
No es recomendable. Las mezclas aumentan la sedación, la descoordinación y la posibilidad de accidentes o de no darte cuenta de lo que te ocurre.
Es un estado de desconexión casi total en el que la persona pierde el control y la capacidad de reaccionar. Puede ser muy angustiante y peligroso si ocurre en un entorno no seguro.
Sí, con consumos frecuentes puede producir un daño significativo en vejiga y vías urinarias que en algunos casos es irreversible.
Cuando la consumes cada fin de semana, cuando la combinas con otras sustancias, cuando ya has tenido episodios de desconexión o cuando la usas para no sentir.
Algunas personas lo consiguen, pero si el consumo está ligado a la forma de gestionar las emociones, es habitual que se vuelva a ella. Contar con acompañamiento profesional ayuda a entender para qué se usaba y a construir alternativas.
Si la ketamina ha pasado de ser una curiosidad a algo que aparece con frecuencia en tus noches o si ya has notado molestias físicas o vacíos emocionales después de consumirla, es un buen momento para consultarlo. No hace falta esperar a que haya un daño mayor para frenar.
En MOMENTO, centro de tratamiento de adicciones en Madrid fundado en 2014, cada proceso empieza con una valoración inicial. A partir de ella proponemos el recurso que mejor se ajusta a tu situación: un programa residencial con convivencia supervisada 24 horas, un programa ambulatorio, vivienda de apoyo y trabajo con las familias. Trabajamos desde la responsabilidad, sin culpabilizar, buscando qué función cumple la sustancia en tu vida y cómo construir otras formas de afrontar lo que sientes.
Puedes llamarnos las 24 horas al 608 78 34 25 o escribirnos desde la página de contacto. Podemos ayudarte.
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