

Los peligros de la ketamina
Los peligros de la ketamina
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La ketamina es una sustancia que nació con un objetivo médico claro: se utiliza como anestésico y, en contextos clínicos controlados, puede tener aplicaciones muy concretas. El problema aparece cuando sale de ese entorno sanitario y se usa como droga recreativa en fiestas, en ocio nocturno o combinada con otras sustancias. Ahí deja de ser una herramienta y se convierte en un riesgo. En Centro Terapéutico Momento, en Madrid, vemos cada vez más personas que la han incorporado como “una raya más” o como “algo para bajar” sin ser del todo conscientes de lo que puede provocar a corto y a largo plazo. Por eso es importante quitarle esa capa de falsa seguridad que a veces tiene y explicar con calma cuáles son sus peligros reales.
Qué es la ketamina y por qué se consume
La ketamina es un anestésico disociativo. Eso significa que puede producir una sensación de separación entre mente y cuerpo, de irrealidad o de desconexión del entorno. En un hospital esto se utiliza con una dosis exacta y con monitorización. En la calle, se suele vender en polvo y se esnifa, aunque también puede aparecer en líquido. ¿Por qué se consume? Porque en dosis bajas puede dar cierta relajación, una sensación de desvincularse de lo que está pasando, de reducir la ansiedad social o de hacer la experiencia musical o sexual “más flotante”. También se usa a veces para “bajar” después de estimulantes. El problema es que la frontera entre una dosis que te hace sentir bien y una dosis que te deja fuera es muy estrecha.
Efectos disociativos y riesgo de pérdida de control
Uno de los peligros más conocidos es el llamado “K-hole” o agujero de ketamina. Es un estado en el que la persona pierde casi por completo la conexión con la realidad externa: no responde bien a estímulos, no coordina el movimiento, puede tener alucinaciones o experiencias muy extrañas y no puede manejarse por sí misma. Esto en un entorno controlado puede ser manejable, pero en una fiesta, en la calle o mezclado con alcohol se convierte en una situación de vulnerabilidad extrema. La persona puede caerse, hacerse daño, no darse cuenta de lo que le hacen o meterse en situaciones de riesgo sin capacidad para frenarlas. Esa pérdida de control es uno de los peligros más claros.
Riesgos físicos inmediatos
Aunque muchas veces se piensa que la ketamina “no toca tanto” como otras drogas, sí tiene riesgos físicos. Puede provocar aumento de la presión arterial y del ritmo cardíaco, náuseas, vómitos, descoordinación motora y caídas. Al ser un anestésico, también reduce la sensibilidad al dolor, lo que facilita que la persona se haga daño sin darse cuenta. Si se mezcla con alcohol, benzodiacepinas u otros depresores del sistema nervioso, el riesgo de sedación excesiva y de problemas respiratorios aumenta. Y si se consume de forma repetida durante horas, el cuerpo se deshidrata y se fatiga, sobre todo si la persona está bailando o no ha comido.
Daño a largo plazo: vejiga y aparato urinario
Una de las complicaciones más específicas del consumo frecuente de ketamina es el daño en la vejiga y en las vías urinarias. Se ha descrito el llamado “síndrome de vejiga por ketamina”: inflamación, dolor al orinar, necesidad de ir al baño muy a menudo, pérdidas de orina e incluso daño estructural de la vejiga. Este daño puede llegar a ser irreversible si el consumo se mantiene. Es decir, no es solo una resaca rara, es un problema médico real que puede afectar a la calidad de vida. Es algo que muchas personas desconocen cuando empiezan a consumirla solo “los findes”.

Efectos psicológicos y sobre la percepción
La ketamina altera la percepción y, con consumos repetidos, puede contribuir a que la persona se sienta más desconectada de sí misma o del entorno incluso cuando no está consumiendo. Pueden aparecer cambios de humor, irritabilidad, dificultad para concentrarse o una sensación de extrañeza con la propia vida. En personas con antecedentes de ansiedad, depresión o vulnerabilidad psicótica, estas experiencias disociativas pueden ser especialmente desagradables o desencadenar crisis. También hay un riesgo emocional más sutil: si cada vez que quiero desconectar tiro de una sustancia que me saca de la realidad, acabo teniendo cada vez menos tolerancia a estar presente. Eso, en el modelo de Momento, es un indicador de que la sustancia está ocupando el lugar de regulador emocional.
La ketamina en el policonsumo
Rara vez vemos la ketamina aislada. Lo más habitual es que aparezca en policonsumo: alcohol para empezar, algo de estimulantes para subir y ketamina para bajar o para “flotar”. Cada sustancia tiene su propio perfil de riesgos, y al mezclarlas se hace más difícil prever la reacción del cuerpo. Además, al tener efectos tan distintos, la persona puede no percibir cuál es su verdadero nivel de intoxicación: se siente menos activada, pero sigue teniendo alcohol en sangre. Esto puede llevar a conducir, a tener relaciones sexuales sin protección o a no pedir ayuda cuando empieza a encontrarse mal.
¿La ketamina engancha?
La ketamina puede producir tolerancia: con el tiempo, la misma cantidad hace menos efecto y se tiende a aumentar la dosis o la frecuencia. También puede generar una dependencia psicológica, sobre todo en personas que la usan para no sentir: no sentir tristeza, no sentir ansiedad, no sentir presión social. Si cada vez que hay un plan o un mal momento aparece la ketamina, la relación con la sustancia ya no es inocente. Desde la metodología de Momento lo explicamos así: si la estás usando como solución rápida, es cuestión de tiempo que la solución se convierta en parte del problema.
Preguntas frecuentes sobre la ketamina
Si la ketamina ha pasado de ser una curiosidad a algo que aparece con frecuencia en tus noches o si ya has notado molestias físicas o vacíos emocionales después de consumirla, es un buen momento para consultarlo. No hace falta esperar a que haya un daño mayor para frenar.



