No es vicio es enfermedad

21 de noviembre de 2018

No es vicio es enfermedad

En nuestra experiencia con familiares de personas con adicción, uno de los primeros objetivos que es necesario abordar es la visión que tienen sobre las adicciones.

Lo primero que, como terapeutas, debemos tener en cuenta es el sufrimiento al que estas familias han estado expuestas, en ocasiones durante años. Por este motivo, nuestra labor inmediata se centra en sostener y validar las emociones con las que estas personas comienzan la terapia.

Detrás de la frase «es un vicio» suele haber mucho dolor, cansancio y desconcierto. En este artículo explicamos por qué la adicción no es una cuestión de falta de voluntad ni de maldad, y cómo se acompaña a las familias para que puedan mirarla de otra manera.

El sufrimiento de las familias

A menudo se sienten confusos y albergan sentimientos contradictorios con el familiar con adicción. El amor que sienten por un lado está profundamente contaminado por la ira y el resentimiento propios de un familiar que ha vivido con frustración e impotencia los sucesos y las consecuencias de la adicción.

Violencia física y psicológica, robos, infidelidades, tensión, miedo, etc., son algunas de las circunstancias que se viven en el seno de una familia en la que hay una adicción. No todas las familias pasan por todo ello, pero casi todas conocen la sensación de vivir en alerta, de no saber qué va a ocurrir al llegar a casa o al descolgar el teléfono.

Es importante decirlo con claridad: sentir enfado, miedo, vergüenza o incluso agotamiento no convierte a nadie en mala persona. Son reacciones lógicas ante una situación prolongada de sufrimiento, y necesitan un lugar donde poder expresarse.

El terapeuta debe dar el tiempo necesario para que el familiar pueda sentir que el espacio de terapia es seguro, ausente de juicio, y se sienta comprendido. De este modo, le iremos preparando para reestructurar algunos esquemas mentales que surgen fruto de la convivencia con la persona con adicción, así como para aclarar ciertos juicios sociales sobre las adicciones que suelen estar muy arraigados en ellos.

«Si es capaz de organizarse para consumir, es capaz de parar»

Debemos entender el desconcierto que muchos familiares sienten cuando la persona con adicción les hace un daño emocional o material que les afecta directamente. Los familiares llegan a la conclusión de que alguien que es capaz de gestionar y organizar un plan tan elaborado para consumir (o para realizar el acto adictivo en el caso de las adicciones conductuales, como el juego) es una persona capacitada para frenar cuando lo desee. Es ahí donde radica el error.

A menudo los familiares hablan en terapia de que la persona con adicción es «viciosa», que hace daño de manera intencionada y que podría parar de consumir cuando quiera.

Este razonamiento es muy humano, pero confunde dos cosas distintas. Planificar cómo conseguir la sustancia, a quién pedir dinero o cómo ocultar el consumo no demuestra que haya libertad para decidir parar. Al contrario: puede ser una señal de hasta qué punto la adicción ha tomado el control de la conducta y de la atención. Cuando algo se vuelve prioritario para el organismo, la persona puede desplegar una gran capacidad de organización a su servicio, mientras pierde la capacidad de frenar.

Por eso, ver a alguien funcionar con eficacia para consumir no equivale a ver a alguien que consume por gusto y que podría dejarlo mañana. Muchas veces ocurre lo contrario: lo hace sufriendo, con culpa y prometiéndose a sí mismo, una y otra vez, que será la última.

Qué significa realmente la palabra «vicio»

La palabra vicio deriva del latín vitium, que significa defecto o falta en la conducta. Vicio, en lo moral, hace referencia al hábito de obrar mal y, en lo concerniente a la adicción, al de hábitos poco naturales o perniciosos.

Es decir, la propia palabra lleva incorporado un juicio moral: quien tiene un vicio tiene un defecto, y quien tiene un defecto es, en cierto modo, responsable de él y debería corregirlo por esfuerzo propio. Aplicada a una enfermedad, esa carga moral resulta injusta y, además, contraproducente.

Basta imaginar cómo sonaría decir de alguien con diabetes o con una enfermedad cardiaca que lo suyo es «un vicio de comer mal». Quizá haya hábitos que influyan, pero nadie plantearía el tratamiento como un asunto de fuerza de voluntad o de reproche. Con la adicción, en cambio, seguimos haciéndolo con frecuencia.

Por qué hablar de vicio genera estigma

Esta definición de la adicción causa un gran estigma a la persona con adicción y también a sus familiares. En primer lugar, atribuye a la primera una intención consciente de hacer daño o de dañarse a sí misma, que no tiene en cuenta los mecanismos neurobiológicos que intervienen en las adicciones, así como que el consumo se vive como agradable por el paciente, sin tener en cuenta el sufrimiento de quienes se encuentran condenados a repetir patrones de consumo que en muchos casos no quieren.

Por otro lado, esta definición de la adicción como vicio habla de ello como una elección del paciente, sin mención alguna a la enfermedad que atañe, enfermedad que está recogida como tal desde 1987 por la Asociación Americana de Medicina de la Adicción (ASAM) y la Asociación Americana de Medicina (AMA).

Las consecuencias del estigma son muy concretas:

  • La persona con adicción se siente avergonzada y tiende a ocultar el problema, con lo que se retrasa la petición de ayuda.
  • La familia se aísla y se siente juzgada, y a veces culpable, por lo que ocurre en casa.
  • Las conversaciones se convierten en reproches y se pierde la posibilidad de hablar con calma de lo que está pasando.
  • Se refuerza la idea de que basta con «querer» para dejarlo, de modo que cada recaída se vive como un fracaso moral.

Si quieres profundizar en cómo afecta el rechazo social a quienes viven una adicción y en qué podemos hacer para cambiarlo, te recomendamos nuestro artículo sobre el estigma social de la adicción y cómo combatirlo.

Una enfermedad que afecta al cerebro y a la conducta

Hablar de enfermedad no significa que la persona no tenga ninguna responsabilidad. Significa que su comportamiento no se explica solo por una decisión libre y consciente, y que necesita tratamiento y acompañamiento, no solo reproche.

En términos generales, se sabe que las adicciones implican cambios en los sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación, la memoria y el control de los impulsos. Esto ayuda a entender por qué una persona puede saber perfectamente que algo le hace daño, desear dejarlo y, aun así, sentirse empujada a repetirlo. El conocimiento y el deseo de cambiar son necesarios, pero no siempre bastan.

Junto a esa dimensión neurobiológica, intervienen también factores emocionales, personales y del entorno. Por eso en MOMENTO no entendemos la adicción solo desde la sustancia, sino desde la función que cumple en la vida de cada persona. Hemos desarrollado esta idea con más detalle en el artículo sobre la neurobiología de la adicción y qué ocurre en el cerebro.

Y es que entender la adicción como enfermedad no quita responsabilidad, sino que la reorganiza. Deja de ser una responsabilidad basada en la culpa y pasa a ser una responsabilidad basada en la implicación en el tratamiento: acudir, hablar con sinceridad, seguir las pautas, reparar el daño causado cuando llega el momento y cuidar la propia recuperación día a día.

Cómo se trabaja con la familia para cambiar la mirada

Para que los familiares vayan pudiendo incorporar una nueva visión de la adicción, es necesario atender a las emociones que albergan relacionadas con la persona con adicción y con su consumo y, al mismo tiempo, facilitarles herramientas de comprensión mediante psicoeducación que les ayuden a entender qué enfermedad tiene su familiar a nivel emocional y neurobiológico, qué ayuda pueden ofrecer y comenzar desde ahí a gestionar sus propias dificultades codependientes.

En la práctica, este trabajo suele avanzar por pasos:

  • Escuchar y validar. Antes de explicar nada, se da espacio al dolor, a la rabia y al miedo acumulados.
  • Informar. Se explica qué es la adicción, cómo funciona y qué no depende solo de la voluntad.
  • Revisar creencias. Se cuestionan ideas como «lo hace para fastidiar» o «si me quisiera, lo dejaría».
  • Poner límites con cuidado. Se aprende a diferenciar entre ayudar y proteger de las consecuencias, algo que a menudo mantiene el problema.
  • Cuidar a la propia familia. Se atienden las necesidades de quienes han estado años pendientes de otra persona.

Esta última parte conecta con la codependencia, un patrón frecuente en quienes conviven con una adicción, en el que la propia vida se organiza alrededor de los problemas del otro. Puedes leer más sobre ello en nuestra página sobre la codependencia.

Lenguaje que hiere y lenguaje que ayuda

Las palabras que usamos en casa influyen mucho en cómo se vive el proceso. Algunas expresiones habituales, dichas desde el cansancio, cierran puertas sin que lo pretendamos. Otras abren la conversación.

  • En lugar de «eres un vicioso» o «lo haces porque quieres», puede ayudar decir «estoy preocupado por ti y quiero entender qué te está pasando».
  • En lugar de «si de verdad quisieras, podrías dejarlo», probar con «sé que no es fácil y que no quieres hacerte daño».
  • En lugar de «me has fallado», expresar lo que uno siente: «me he sentido muy dolido y asustado con lo que ha pasado».

Cambiar el lenguaje no cambia la gravedad de lo ocurrido ni obliga a justificar lo injustificable. Los daños causados siguen siendo reales, y la persona con adicción tendrá que hacerse cargo de ellos. Pero hablar desde el respeto aumenta las probabilidades de que se abra un diálogo y de que la persona acepte ayuda.

Recursos recomendados

Estas son las referencias que acompañaban al artículo original y que seguimos recomendando a las familias:

  • Un vídeo en el que Nora Volkow, psiquiatra especializada en estudiar el cerebro con adicción y directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos, explica los mecanismos neurobiológicos a los que hacemos referencia: ver el vídeo.
  • Sobre codependencia, hablaremos de ello en posteriores artículos. Mientras tanto, recomendamos Libérate de la codependencia. Cómo dejar de angustiarte, de controlar y de vivir pendiente de los problemas de los demás, y cómo comenzar a ocuparte de ti mismo, de Melody Beattie (2009).
  • También resulta de interés La codependencia: qué es, de dónde procede, cómo sabotea nuestras vidas, de Pia Mellody, Andrea Wells Miller y J. Keith Miller (2005).
  • Referencia sobre el origen de la palabra «vicio»: etimología de vicio.

Cómo podemos ayudarte en MOMENTO

En MOMENTO, centro de tratamiento de adicciones en Madrid fundado en 2014, trabajamos con la convicción de que la adicción es una enfermedad y de que nadie debería afrontarla desde la culpa. Cada proceso empieza con una valoración inicial y se plantea de forma individualizada, con responsabilidad pero sin culpabilizar, y con una autonomía que la persona va ganando poco a poco.

Contamos con un programa residencial, de convivencia supervisada las 24 horas con un mínimo inicial de tres meses, y con un programa ambulatorio de mañana o de tarde (martes y jueves de 18:30 a 20:00, más una sesión individual semanal), además de vivienda de apoyo. Cuando es necesaria una desintoxicación, se hace en una clínica especializada con supervisión médica y psiquiátrica. Y, como la familia puede formar parte del proceso, ofrecemos también un espacio de trabajo con familias.

Si convives con alguien que tiene una adicción y sientes que lo estás pasando mal, no tienes por qué hacerlo en soledad. Llámanos al teléfono 24 horas, 608 78 34 25, o escríbenos desde la página de contacto. Podemos ayudarte a entender lo que ocurre y a decidir los siguientes pasos con calma.

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