¿De qué hablamos cuando hablamos de apego?

2 de noviembre de 2018

¿De qué hablamos cuando hablamos de apego?

La auto-comprensión en terapia es una herramienta necesaria para nuestra evolución emocional. Entender por qué reaccionamos como reaccionamos, por qué nos acercamos o nos alejamos de las personas que queremos, o por qué ciertas situaciones nos desbordan, es el primer paso para dejar de vivirlas como un fallo personal y empezar a trabajarlas como lo que son: aprendizajes antiguos que se pueden revisar.

Por este motivo, entender nuestras experiencias familiares tempranas supone poder profundizar en nuestro manejo disfuncional adulto en el presente. En este artículo repasamos qué es el apego, cuáles son los cuatro tipos que se describen en psicología, cómo se manifiestan en la edad adulta y qué podemos hacer, tanto como adultos como en nuestro papel de madres y padres, para cuidar los vínculos.

Las primeras experiencias familiares: dónde se aprende a vincularse

Es en el seno familiar infantil donde tienen lugar nuestras primeras experiencias sociales. El bebé que va tomando conciencia de un “nosotros” en el que existe algo más que el “yo” comienza a advertir la realidad a través de sus figuras de cuidado, independientemente del lazo familiar que les una. Pueden ser la madre, el padre, los abuelos, una cuidadora o cualquier adulto que se ocupe de manera estable del niño. De manera innata, el infante explora su mundo pudiendo acudir a esta figura si se siente en peligro.

Mediante la relación que se establece con ellas, el niño descubre su mundo, va conformando una visión de la realidad y de las normas socio-familiares, y comienza a regular sus afectos en este aprendizaje. Aprende, sin que nadie se lo explique con palabras, si cuando tiene miedo alguien acude, si cuando está enfadado puede expresarlo, si cuando está triste será consolado o ignorado. Todo eso se va grabando como una especie de manual interno de instrucciones sobre las relaciones.

Qué es el apego y de dónde viene la teoría

El apego es el vínculo emocional que se crea entre el niño y sus figuras de cuidado, y cuya función principal es la protección y la seguridad. Su estudio sistemático se debe en gran medida al psiquiatra y psicoanalista John Bowlby (1907-1990), que planteó que las experiencias tempranas son fundamentales en el desarrollo psicológico del adulto. De esta manera, los vínculos que se establecen en la edad adulta están estrechamente relacionados con los establecidos en los primeros años de vida.

Una idea central de esta teoría es la de la “base segura”: cuando el niño sabe que puede volver junto a un adulto disponible, se atreve a alejarse, curiosear y aprender. La seguridad no es lo contrario de la autonomía, sino su condición. Un niño que se siente sostenido explora más y mejor.

Después de Bowlby, la psicóloga Mary Ainsworth observó cómo reaccionaban los niños pequeños ante breves separaciones de sus cuidadores y cuando se reencontraban con ellos. A partir de esas observaciones se describieron los distintos estilos de apego, a los que posteriormente se añadió el apego desorganizado.

Los cuatro tipos de apego

Para entender los tipos de apego que existen y su repercusión en la vida adulta, describimos a continuación los cuatro estilos que se recogen habitualmente a partir del trabajo de Ainsworth y sus continuadores:

  • Apego seguro: el niño se muestra tranquilo y a salvo junto a la figura de cuidados, ya que esta se encuentra disponible y atenta a sus necesidades. El adulto le permite que explore, que experimente, falle y acierte, porque en cualquier caso estará ahí para sostenerle. Estar juntos resulta agradable y la separación es incómoda. Cuando son adultos, estas personas suelen desarrollarse de manera autónoma, sin experimentar angustias por la ausencia de la figura de apego (que también puede ser una pareja) y habiendo establecido vínculos afectivos saludables, no dependientes. El adulto tiene la confianza de poder lanzarse al mundo con seguridad sin necesitar muletas.
  • Apego inseguro-evitativo: la figura de cuidados que promueve este tipo de apego suele mostrarse poco empática y sensible a las necesidades del niño, de modo que este aprende que no se encuentra disponible para ellas. El niño aprende a defenderse con evitación, mostrando comportamientos de rechazo y aparente distanciamiento emocional. Cuando son adultos se muestran excesivamente independientes y distantes en la intimidad, o bien muestran una elevada desconfianza por miedo a ser heridos.
  • Apego inseguro-ambivalente: la figura de cuidado oscila entre la accesibilidad, la excesiva emocionalidad y el desapego. Por este motivo, las expectativas del niño son de abandono o daño, y se siente inseguro y vigilante. No sabe a qué atenerse con el adulto y, en consecuencia, vive la incertidumbre con mucha inseguridad. En el futuro pueden ser adultos con enfado frecuente, inseguros, ansiosos, con grandes miedos para afrontar situaciones y adaptarse a los cambios.
  • Apego desorganizado: la figura cuidadora desatiende al niño, no intercambia afectos con él y puede ser incluso negligente. Representa una amenaza. El niño necesita protección pero solo puede buscarla en la figura que le causa el daño, lo que le desconcierta y le asusta. Los adultos con apego desorganizado muestran una actitud contradictoria con las personas con las que mantienen relaciones: tienden a necesitar a los demás como medio para sentirse afectivamente cercanos a alguien, pero al mismo tiempo sienten miedo a ser dañados. Estos adultos pueden presentar multitud de dificultades emocionales y conductuales, y una visión de sí mismos muy dañada. Este estilo se ha asociado con mayor frecuencia a trastornos como el límite o el histriónico de la personalidad, aunque esa relación nunca es automática y solo un profesional puede valorar cada caso.

En algunos textos, el estilo ambivalente recibe el nombre de “ansioso” o “preocupado”, y el evitativo el de “distante” o “desvinculado”. Son etiquetas distintas para describir las mismas estrategias: aferrarse más para no perder al otro, o distanciarse para no depender de él.

Cómo se reconocen en la vida adulta

Los estilos de apego no se quedan en la infancia: son la base desde la que más tarde vivimos la pareja, la amistad, el trabajo y hasta la manera de afrontar el estrés. Conviene recordarlo con prudencia, porque nadie encaja al cien por cien en una categoría y todos podemos movernos entre estilos según el momento vital, la relación o el contexto. Aun así, algunas pistas son frecuentes:

  • Apego seguro: se puede pedir ayuda sin sentirse débil y también estar solo sin sentirse abandonado. Los conflictos se afrontan sin que supongan una amenaza para el vínculo.
  • Apego evitativo: cuando una relación se vuelve más íntima aparece la necesidad de espacio, cuesta hablar de lo que se siente y se tiende a resolverlo todo en solitario. Pedir apoyo se vive como una molestia o como una pérdida de control.
  • Apego ambivalente: hay una necesidad intensa de confirmación, miedo constante a que el otro se canse o se vaya, y dificultad para calmarse solo cuando hay distancia o silencio. Los celos y la hipervigilancia pueden desgastar la relación.
  • Apego desorganizado: se alternan el acercamiento intenso y el rechazo brusco, como si la cercanía fuese a la vez lo más deseado y lo más temido. Las emociones pueden desbordar con facilidad.

Reconocerse en alguna de estas descripciones no es una etiqueta ni un diagnóstico. Es una pista útil para empezar a preguntarse: ¿de dónde viene esta forma de reaccionar y qué función cumplió cuando era pequeño?

El apego no es una condena

El tipo de apego que adquirimos está muy condicionado por el que a su vez desarrollaron nuestras figuras de cuidado. Lo que recibimos lo transmitimos, muchas veces sin ser conscientes, a quienes vienen detrás. No siempre tener un apego inseguro provoca problemas emocionales o psicológicos graves, pero sin duda muchos de ellos, cuando aparecen, están relacionados.

La psicología describe también lo que se llama “apego seguro ganado”: personas que no tuvieron una infancia segura y que, gracias a relaciones posteriores estables, a una buena pareja, a amistades fiables o a un proceso terapéutico, han ido construyendo una manera más segura de vincularse. Los vínculos se aprenden en la relación y, por tanto, también se pueden aprender y reparar en la relación. No hay herida que cierre bien sin cuidarla, pero sí se puede cuidar.

Tampoco se trata de buscar culpables. Quienes cuidaron de nosotros hicieron lo que pudieron con lo que sabían y con lo que ellos mismos habían recibido. Comprenderlo no borra el daño, pero permite pasar de la queja a la responsabilidad sobre lo que hacemos hoy con lo que aprendimos.

Si eres madre, padre o cuidador

Como padres, es muy importante revisar qué tipo de relación se está estableciendo con los hijos. No se trata de ser perfectos, sino de ser suficientemente buenos: disponibles, coherentes y capaces de reparar cuando nos equivocamos. Algunas ideas generales que ayudan a favorecer un vínculo seguro:

  • Responder a las necesidades del niño con regularidad, sin que tenga que gritar o insistir para ser atendido.
  • Nombrar las emociones y acompañarlas, en lugar de minimizarlas (“no es para tanto”) o castigarlas.
  • Permitir que explore y se equivoque, sabiendo que puede volver a buscar consuelo.
  • Pedir perdón y reparar tras un conflicto: una discusión no rompe el vínculo si luego se repara.
  • Cuidar de la propia salud emocional, porque los adultos que están desbordados o en sufrimiento tienen más difícil estar disponibles.

Cuando en una familia hay una situación de adicción, estrés crónico o conflicto continuado, la disponibilidad emocional de los adultos puede resentirse. No es una cuestión de mala voluntad, y por eso trabajar con toda la familia suele ser tan valioso. Sobre este tema puedes leer también La familia adicta y sus roles.

Apego, relaciones y otras dificultades

El apego inseguro no conduce por sí solo a ningún problema concreto, pero sí es un factor que influye en cómo vivimos la ansiedad, la soledad, las rupturas o el estrés. Por ejemplo, en el apego ambivalente es más frecuente que las relaciones de pareja se vivan con dependencia, y esa dinámica conecta con lo que se trabaja en la codependencia. En los estilos más inseguros y desorganizados también se observa con más frecuencia dificultad para regular las emociones, un aspecto central en la relación entre trastorno límite de la personalidad y adicciones.

Sobre cómo se relacionan los estilos de apego con el desarrollo de conductas adictivas hablamos con más detalle en otro artículo, Apego y adicción, donde explicamos por qué una sustancia o una conducta puede acabar funcionando como sustituto del vínculo.

Cuándo conviene pedir ayuda profesional

Revisar nuestra historia de apego no requiere esperar a una crisis, pero hay señales que invitan a consultar con un profesional:

  • Repetir una y otra vez el mismo tipo de relación dañina o el mismo final en las relaciones.
  • Sentir un miedo intenso a la soledad o al abandono que condiciona las decisiones.
  • Huir de la intimidad o no poder pedir ayuda aunque se necesite.
  • Reaccionar con una intensidad emocional que luego resulta desproporcionada y difícil de manejar.
  • Utilizar sustancias, el juego, la comida, el trabajo u otras conductas para calmar emociones que no se saben gestionar.

En terapia, la relación con el profesional ofrece en sí misma una experiencia distinta de vínculo: alguien que está, que escucha sin juzgar y que mantiene la constancia incluso cuando la persona muestra su parte más difícil. A partir de ahí se pueden ir revisando creencias antiguas sobre una misma y sobre los demás, y probando formas nuevas de relacionarse. Un proceso así requiere tiempo, constancia y acompañamiento, y no se puede garantizar un resultado concreto, pero sí abrir posibilidades que antes no se veían.

Cómo podemos ayudarte en MOMENTO

En MOMENTO, centro de tratamiento de adicciones en Madrid desde 2014, entendemos que detrás de muchas conductas problemáticas hay una historia de vínculos que merece ser escuchada. Cada proceso empieza con una valoración inicial en la que conocemos tu situación, y a partir de ahí diseñamos un acompañamiento individualizado, con la posibilidad de incorporar a la familia mediante nuestro trabajo con familias.

Si quieres hablar de lo que te pasa o de lo que ves en alguien cercano, puedes llamarnos las 24 horas al 608 78 34 25 o escribirnos desde la página de contacto. Podemos ayudarte.

Artículo de Yaiza Cabrera Barragán.

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