psicologia
Apego y adicción
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Suena el teléfono o llega un mensaje: «No aguanto más, me voy». Quien lleva semanas respirando tranquilo porque su familiar por fin estaba en tratamiento siente de golpe que todo se tambalea. Si estás en ese momento, respira: querer abandonar el tratamiento de adicciones es una situación muy frecuente y no significa, por sí sola, que el proceso esté perdido.
En este artículo te explicamos por qué aparece ese deseo, cómo distinguir una crisis pasajera de una decisión meditada, qué conviene evitar, qué sí puedes hacer y cómo actuar si finalmente tu familiar se marcha.
Un proceso de recuperación no es una línea recta. Aunque cada persona vive el tratamiento a su manera, hay momentos que se repiten una y otra vez y que explican buena parte de los deseos de abandono:
Durante una recuperación pueden aparecer momentos de rechazo, cansancio, conflicto o deseo de abandonar, y en MOMENTO no los interpretamos automáticamente como falta de interés en recuperarse. A menudo indican que el proceso está tocando algo importante.
Cuando tu familiar dice que quiere irse, no todas las frases significan lo mismo. Distinguir qué hay detrás te ayudará a no reaccionar de forma desproporcionada ni en un sentido ni en otro. Estas son tres situaciones habituales, aunque en la práctica se mezclan.
Suele aparecer tras una discusión, una noticia difícil, una visita que no salió como se esperaba o un día especialmente duro. Se expresa con intensidad («esto es una pérdida de tiempo», «me largo hoy mismo») y suele atenuarse en horas o en pocos días si la persona puede hablar con alguien de confianza.
A veces «me quiero ir» significa en realidad «estoy desbordado y no sé cómo decirlo». Puede haber algo que la persona no se atreve a contar, una dificultad con otro usuario, un recuerdo que ha aparecido, un miedo a lo que viene.
Existe también la persona que, después de reflexionar con calma, de hablarlo con el equipo y de valorar las consecuencias, decide no continuar. Es una decisión estable, argumentada, que no se disuelve al día siguiente. Es adulta y se respeta como tal, aunque la familia no la comparta.
Entendemos la adicción no solo por la sustancia, sino por la función que ha llegado a cumplir en la vida de la persona. Lo mismo ocurre con el deseo de irse. Antes de tomar decisiones conviene preguntarse qué ha cambiado, qué dificultad ha aparecido, qué límite cuesta aceptar, qué emoción se está intentando evitar o qué función podría estar cumpliendo marcharse. Puede ser una forma de escapar de un malestar insoportable, de recuperar sensación de control o de evitar una conversación pendiente. Poner nombre a esa función es, con frecuencia, el verdadero trabajo terapéutico del momento.
Con toda la buena intención, las familias suelen cometer los mismos errores. No se trata de culpa: el miedo empuja a reaccionar rápido. Pero algunas respuestas hacen más difícil la situación.
Todas nacen del deseo de proteger, pero en muchos hogares la protección se ha convertido con los años en control o en rescate, y ese patrón mantiene el problema. Si te reconoces en alguna de ellas, no te juzgues; te puede resultar útil leer sobre codependencia y cuándo ayudar se convierte en parte del problema.
Frente a la urgencia de «hacer algo ya», lo más útil suele ser también lo menos llamativo. Estas pautas pueden orientarte:
Si tu familiar te cuenta algo que le preocupa del centro, trasládalo al equipo en lugar de gestionarlo por tu cuenta. Y si necesitas sostén, existen grupos de apoyo para familiares de personas con adicciones.
Una persona adulta tiene derecho a decidir sobre su tratamiento, y un centro como MOMENTO no está para retener a nadie por la fuerza. Nuestro trabajo no consiste en retener a alguien a cualquier precio, sino en ayudarle a comprender sus decisiones y a asumir responsablemente sus consecuencias. No se trata de vigilar ni de culpabilizar, sino de acompañar para que la persona decida con la mayor conciencia posible.
Por eso, cuando alguien plantea irse, no cerramos la puerta ni empujamos hacia fuera. Incluso el deseo de marcharse puede convertirse en una oportunidad de trabajo. Se abre un espacio para hablar de lo que está pasando, de qué se busca con la salida, de qué riesgos implica y de qué alternativas existen, como puede ser replantear el nivel de apoyo o la estructura del programa en lugar de abandonarlo por completo. A veces esa conversación lleva a quedarse; otras, confirma la salida, pero con una mirada distinta.
Cuando la decisión se mantiene, intentamos que la salida no sea una huida impulsiva sino un cierre lo más ordenado posible. En términos generales, eso implica:
Que tu familiar abandone el tratamiento es doloroso, pero no es el final de la historia. Muchas personas vuelven a pedir ayuda más adelante. Lo que hagas ahora puede facilitar o dificultar ese regreso.
Puedes decir algo como: «Sigo aquí, me importas y quiero que te cuides. Cuando quieras retomar el tratamiento, cuenta conmigo para acompañarte a pedir cita». Eso es diferente de ofrecer dinero, resolver sus problemas o asumir sus consecuencias. Mantener el vínculo no equivale a anular los límites: reducir las dinámicas de control y de rescate es una de las tareas más difíciles de la familia.
Sin convertirte en vigilante, conviene conocer algunas señales que suelen anteceder al consumo: aislamiento, cambios bruscos de humor o de rutinas, mentiras o evasivas frecuentes, regreso a ambientes de riesgo, abandono de responsabilidades o un discurso de «ya lo controlo». Las recaídas son frecuentes en las adicciones y no hay que vivirlas como un fracaso moral; si quieres entender mejor cómo funcionan, puedes leer por qué hay recaídas y cómo entender la adicción sin culpa.
Hay una excepción clara a todo lo anterior. Si existe un riesgo vital inmediato, por ejemplo una sobredosis, una intoxicación grave, pérdida de conciencia o amenazas de hacerse daño, no esperes ni lo hables antes con nadie: llama al 112. Es la única situación en la que la urgencia manda sobre cualquier otra consideración.
La adicción no afecta únicamente a quien consume. Con frecuencia, alrededor del problema se han desarrollado durante años formas de relación basadas en el miedo, el control, la desconfianza, la sobreprotección, el conflicto, el rescate o el agotamiento. Cuando tu familiar quiere irse, todo eso se reactiva, y es normal sentir enfado, culpa o impotencia.
Por eso cuidarte no es un añadido, sino parte del proceso. Algunas opciones que suelen ayudar son los grupos de familiares, donde descubres que no eres la única persona que pasa por esto, y la terapia individual o familiar, que permite revisar con ayuda profesional cómo se ha organizado la vida de casa alrededor de la adicción. Cuando es adecuado y existe autorización de la persona, en MOMENTO la familia puede formar parte del proceso: ayudamos a comprender lo que ocurre, a diferenciar ayuda de sobreprotección y a establecer y mantener límites. Puedes conocer más sobre cómo trabajamos con la familia y el entorno.
Hay una idea que conviene tener presente cuando la angustia aprieta: la familia puede acompañar la recuperación, pero no puede recuperarse en lugar de la persona. Soltar esa responsabilidad imposible no es abandonar; es dejar espacio para que cada cual haga lo que le corresponde.
Si tu familiar está en tratamiento, ya sea con nosotros o en otro recurso, y habla de irse, lo más útil que puedes hacer es no quedarte sola o solo con esa decisión. Habla con el equipo que lo acompaña y deja que ayude a entender qué hay detrás del deseo de marcharse.
En MOMENTO acompañamos a personas con adicciones y a sus familias desde 2014, con un enfoque individualizado que busca comprender la función de la adicción en cada vida y favorecer una autonomía progresiva. Si necesitas orientación sobre una situación concreta, puedes llamarnos al 608 78 34 25, atendido las 24 horas, o escribirnos desde la página de contacto. Te escucharemos sin juzgar y valoraremos contigo los siguientes pasos.
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