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Todo procedimiento de intervención en materia de adicciones se compone, al menos, de tres etapas bien diferenciadas. La primera es la desintoxicación, entendida como el proceso de eliminación en una persona de los efectos físicos de una sustancia (alcohol, droga). La segunda es el tratamiento, definido como el conjunto de intervenciones orientadas a conseguir la recuperación de la persona: aspectos conductuales, emocionales, familiares, espirituales, entre otros. La tercera es el seguimiento o post-tratamiento, el conjunto de actuaciones que tienen como objetivo mantener los logros conseguidos y evitar recaídas.
Quien busca ayuda para sí mismo o para un familiar suele toparse con una pregunta de apariencia sencilla: ¿qué debe tener un centro de tratamiento de adicciones para que merezca la pena? En este artículo repasamos qué se entiende realmente por desintoxicación, por qué no basta por sí sola y cuáles son los principios que, según la investigación, debería reunir un buen programa.
Cuando hablamos de desintoxicación de adicciones, en rigor se debería considerar, exclusivamente, el aspecto físico. Es decir, la utilización de medios médicos para lograr “limpiar” el cuerpo de la sustancia y atender de forma segura las molestias que esa retirada pueda provocar.
Sin embargo, en nuestro país utilizamos este término para definir no solo la etapa de eliminación de los efectos físicos de una sustancia, sino también todas las demás etapas que componen la totalidad del proceso terapéutico (tratamiento y seguimiento o post-tratamiento). Esa costumbre del lenguaje genera una confusión muy comprensible en las familias: si un centro se llama “de desintoxicación”, parece lógico pensar que allí se resuelve el problema entero.
Una clínica de desintoxicación, como tal, tendría que cumplir el propósito exclusivo de ayudar a eliminar los efectos físicos de la sustancia a través de medios médicos. Después de ahí, debe ser un centro de tratamiento especializado en adicciones el que se encargue de llevar a cabo las etapas de tratamiento, seguimiento y/o postcuidado a través de intervenciones psicoterapéuticas.
Es aquí donde se produce la gran confusión. La desintoxicación física con ayuda médica no es en sí un tratamiento, sino que es apenas el primer paso en el proceso de tratamiento. Muchas instituciones ofrecen una solución al problema de la adicción desde el primer ámbito de actuación, la desintoxicación física, vistiendo este proceso como si de un auténtico tratamiento de adicciones se tratara.
Según el National Institute for Drug Abuse de EE.UU. (NIDA), “los pacientes que se someten a un proceso de desintoxicación con ayuda médica, pero no reciben tratamiento adicional, muestran patrones de abuso de drogas similares a aquellos que jamás fueron tratados”.
La razón es fácil de entender si pensamos en lo que es una adicción. El cuerpo puede quedar libre de la sustancia en cuestión de días o semanas, pero la persona sigue siendo la misma, con las mismas emociones sin gestionar, las mismas rutinas, las mismas relaciones y los mismos lugares que se asociaban al consumo. En MOMENTO partimos de la idea de que la sustancia no explica por sí sola la adicción: lo que hay que comprender es la función que cumple en la vida de cada persona. Si esa función (calmar la ansiedad, evadirse, sentirse aceptado, soportar un vacío) no se trabaja, retirar la sustancia solo despeja el terreno para que reaparezca.
En este sentido, el NIDA ha elaborado, basándose en diferentes investigaciones, los principios que un programa de tratamiento ofrecido por un centro especializado en adicciones debe tener.
Estos son los principios que recoge la guía de referencia, tal como los entendemos y aplicamos:
A continuación desarrollamos los más importantes, porque detrás de cada frase hay decisiones prácticas que conviene conocer antes de elegir un centro.
Decir que la adicción es una enfermedad compleja significa que no tiene una única causa ni una única manifestación. Intervienen factores biológicos (cómo responde el cerebro al consumo repetido), psicológicos (la manera de manejar el malestar, la historia personal, la autoestima) y sociales (el entorno, la familia, el trabajo, las amistades). Un centro que solo mire una de esas dimensiones dejará las otras sin atender.
Por eso desconfiar de las fórmulas únicas es un buen criterio. Dos personas que consumen la misma sustancia pueden llegar a ella por caminos muy distintos, y lo que sostiene el problema en una no tiene por qué ser lo que lo sostiene en la otra. Un programa serio parte de una valoración inicial y construye a partir de ella un plan individualizado, en lugar de aplicar el mismo esquema a todo el mundo.
Una persona con adicción suele llegar con muchas cosas a la vez: problemas de salud, conflictos familiares, deudas, trabajo en riesgo, soledad, ansiedad o tristeza que llevaba años tapando. Si el tratamiento se limita a vigilar que no haya consumo, quedan sin tocar los motivos por los que ese consumo existía.
Un buen centro debería trabajar, al menos:
Uno de los principios más repetidos es que la permanencia en el tratamiento durante un período adecuado es esencial para su eficacia. Las adicciones no se resuelven en una semana, y los programas demasiado breves suelen dar una falsa sensación de solución que se desvanece al volver a la vida cotidiana.
Esto tiene una consecuencia práctica: el proceso debe estar organizado en fases, con un acompañamiento que se adapte a cada momento. En el programa residencial de MOMENTO, por ejemplo, la convivencia es supervisada las 24 horas y el mínimo inicial es de tres meses, precisamente porque creemos que hace falta tiempo para que los cambios se asienten. Después, la persona puede avanzar hacia un régimen más autónomo, con el programa ambulatorio o la vivienda de apoyo, y acompañarse con el postcuidado.
Igual de importante es que el plan se revise con frecuencia. Si algo no funciona, hay que cambiarlo; si la persona avanza, hay que ir ofreciéndole más autonomía. Un tratamiento que no se evalúa deja de adaptarse a quien lo recibe.
La terapia individual permite profundizar en la historia de cada persona, entender el papel que ha jugado la adicción y trabajar los asuntos más íntimos. La terapia de grupo aporta algo que la consulta individual no puede dar: la experiencia de comprobar que no se está solo, de recibir y ofrecer ayuda a otros que atraviesan lo mismo, y de practicar en un entorno seguro nuevas formas de relacionarse.
En cuanto a la medicación, el planteamiento es el de utilizar el menor uso farmacológico posible, pero sin negar que, en determinados casos, un tratamiento médico es necesario y beneficioso. Lo importante es que la prescripción esté siempre en manos de profesionales, que se haga con criterio terapéutico y que se supervise de cerca. Cuando se necesita desintoxicación, esta se realiza en una clínica especializada con supervisión médica y psiquiátrica, y la desintoxicación se integra después en un programa terapéutico completo y no se queda como un episodio aislado.
Con mucha frecuencia, la adicción convive con otros problemas de salud mental, como la ansiedad, la depresión u otros trastornos. A esto se le llama patología dual. Un centro de tratamiento de adicciones debe poder manejarla, porque tratar solo uno de los dos problemas suele dejar al otro empujando para que el primero vuelva.
No se trata de que el centro etiquete o diagnostique por su cuenta, sino de que cuente con la valoración y la supervisión de profesionales de la salud mental capaces de distinguir qué es consecuencia del consumo y qué existía antes o de forma paralela. Ante cualquier duda sobre un posible trastorno asociado, lo prudente es pedir una evaluación profesional.
Una de las ideas más liberadoras de esta lista es que el tratamiento no necesita ser voluntario para ser eficaz. Muchas familias esperan a que su ser querido “toque fondo” o pida ayuda por iniciativa propia, y esa espera puede ser larga y costosa. La motivación no siempre existe al principio: a menudo se construye durante el propio proceso, a medida que la persona se estabiliza, entiende lo que le pasa y recupera la capacidad de decidir.
Esto no significa imponer nada a la fuerza ni tratar a la persona como si no tuviera voz. Significa que la ausencia de una gran motivación inicial no es un motivo para no empezar. La responsabilidad, además, se va recuperando poco a poco, y lo hacemos sin culpabilizar: se trata de que la persona vuelva a responder de sus decisiones con apoyo, no de reprocharle lo ocurrido. Si necesitas orientación sobre cómo plantear el tema en casa, te puede ayudar este artículo sobre cómo hablar con un familiar sobre su adicción sin generar rechazo.
La adicción repercute en toda la familia, y la familia, a su vez, influye en el proceso. Pueden aparecer dinámicas de sobreprotección, de control, de enfado o de silencio que, con la mejor intención, acaban sosteniendo el problema. Por eso un buen centro ofrece un programa para familias: un espacio donde entender la enfermedad, aprender a acompañar sin hacerse cargo de lo que le corresponde a la otra persona y cuidar también de la propia salud emocional.
Con todo lo anterior, puedes convertir los principios en preguntas concretas para cualquier centro que estés valorando:
Si algún centro promete resultados garantizados o curaciones rápidas, conviene tomarlo como una señal de alerta: la recuperación se construye con tiempo, apoyo y trabajo.
La desintoxicación física es el primer paso hacia una recuperación de la enfermedad de la adicción. Si lo que se persigue es un cese a largo plazo del consumo de sustancias psicoactivas y un cambio duradero en el estilo de vida de la persona, la desintoxicación física resultará insuficiente. A continuación debe complementarse con un tratamiento especializado en adicciones, que incluya el trabajo emocional, el acompañamiento familiar y el seguimiento posterior.
En MOMENTO trabajamos desde 2014 con programas residencial, ambulatorio y de vivienda de apoyo, además de un trabajo específico con familias. Cada proceso empieza con una valoración inicial, y la consulta es totalmente confidencial y gratuita. Puedes resolver tus dudas con nosotros, sin compromiso.
Llámanos las 24 horas al 608 78 34 25 o escríbenos a través del formulario de contacto. Podemos ayudarte.
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