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Un gran número de alcohólicos, concretamente del 50 al 70% muestran déficit neuropsicológicos de leves a moderados a consecuencia de la alta neurotoxicidad del alcohol y de la vulnerabilidad del individuo a esos efectos.
Es una realidad que muchas personas y familias desconocen: el alcohol no solo daña el hígado o el estómago, también afecta a la forma en que el cerebro percibe, recuerda, planifica y decide. Entender este impacto es importante por dos motivos. El primero, para dejar de interpretar como "falta de voluntad" lo que muchas veces es una dificultad neurológica real. El segundo, para diseñar un tratamiento que se ajuste a lo que cada persona puede asimilar en cada momento de su recuperación.
Los déficit neuropsicológicos encontrados se refieren fundamentalmente a las siguientes funciones:
En la práctica diaria, estas alteraciones se traducen en situaciones muy cotidianas: olvidar una conversación reciente, tardar más en entender una explicación, perder el hilo de lo que se está haciendo, calcular mal la distancia al aparcar o tener dificultad para organizar el día. Suelen ser leves o moderadas, y por eso pasan desapercibidas: la persona y su entorno las atribuyen al cansancio, al estrés o al carácter, sin sospechar que tienen relación con el consumo.
Conviene recordar que no todas las personas se ven afectadas de la misma manera. La cantidad y la duración del consumo influyen, pero también la edad, la alimentación, el estado general de salud, otros trastornos asociados y la vulnerabilidad individual. Por eso la valoración debe ser siempre personalizada y realizada por profesionales.
Se ha observado en numerosos estudios que dichos déficit se recuperan en el tiempo mediante una estricta abstinencia.
Parece que el rendimiento en dichas funciones disminuye durante el primer mes de abstinencia debido principalmente a la sintomatología del síndrome abstinencia, pero una vez superado dicho síndrome hay una recuperación progresiva de la función cognitiva siempre y cuando perdure la ausencia de consumo.
Este matiz es muy relevante para las familias. Durante las primeras semanas la persona puede verse más torpe, más irritable, más cansada o más olvidadiza que antes de dejar de beber, y eso puede generar desánimo o la falsa impresión de que "no mejora". En realidad, el organismo está atravesando una fase de ajuste y la mejoría llega después, de forma gradual. Si quieres conocer qué ocurre en esa etapa inicial, puedes leer sobre el síndrome de abstinencia y cómo se gestiona clínicamente.
La recuperación tampoco es uniforme ni se mide en días concretos. Cada persona avanza a su ritmo, y los progresos suelen apreciarse primero en cosas pequeñas: dormir mejor, concentrarse en una lectura corta, recordar las citas sin apuntarlas, mantener una conversación sin perderse. Mantener la abstinencia en el tiempo es la condición para que esas mejoras se consoliden. Con la sobriedad aparecen además otros beneficios para la salud física y emocional.
En esta progresión en la recuperación neuropsicológica en el paciente alcohólico, hay determinadas funciones que se recuperan antes y otras que comienzan a mostrar mejoría más adelante. Dentro de estas funciones más tardías en la recuperación se encuentra la función ejecutiva o las funciones que se encuentran localizadas en la parte más frontal del encéfalo.
Dentro del funcionamiento ejecutivo se encuentra como hemos comentado anteriormente, la capacidad de planificación, la inhibición conductual y el razonamiento abstracto.
La función ejecutiva es, en cierto modo, el "director de orquesta" del cerebro: nos permite anticipar consecuencias, frenar un impulso, cambiar de plan cuando algo falla y mantener un objetivo a medio plazo. Es lógico, por tanto, que sea una de las áreas más sensibles al consumo prolongado y también una de las que más paciencia requiere en la recuperación.
Esto tiene una consecuencia práctica importante: es posible que una persona lleve ya varias semanas o meses sin beber, se encuentre mejor físicamente y, sin embargo, siga teniendo dificultades para organizarse, para controlar la impulsividad o para entender ideas abstractas. No se trata de resistencia al tratamiento ni de desinterés, sino de un proceso biológico que todavía está en marcha. Reconocerlo evita frustraciones y reproches innecesarios, tanto en la persona como en su familia.
Estas funciones son fundamentales a la hora de asegurar un cierto éxito en los tratamientos de deshabituación utilizados en el alcoholismo crónico.
Por ejemplo un paciente con déficit en su capacidad de planificación puede exponerse con una mayor facilidad ante situaciones de riesgo y está comprobado que si este paciente presenta daños en lo referente a la inhibición conductual le resultará más costoso, ante situaciones de riesgo, inhibir el impulso de beber.
Dicho de otro modo, evitar una recaída exige habilidades cognitivas concretas:
Cuando alguna de estas capacidades está debilitada, la persona necesita más apoyo externo, más estructura y más acompañamiento mientras recupera su autonomía. Esa es la razón por la que, en MOMENTO, entendemos la recuperación como un proceso progresivo y no como un acto de fuerza de voluntad en solitario.
Dentro un programa de tratamiento es fundamental que el paciente disponga de una adecuada capacidad de razonamiento y abstracción de los distintos conceptos que se le vayan presentando durante el programa, al igual que una aceptable capacidad para interiorizar dichos conceptos.
Muchos contenidos terapéuticos son abstractos: identificar pensamientos que preceden al consumo, reconocer emociones, comprender el papel que el alcohol cumple en la propia vida, anticipar el efecto de una decisión. Si la persona tiene dificultades para manejar este tipo de ideas, puede asistir a las sesiones y sin embargo salir con la sensación de no haber entendido. Un enfoque como la terapia cognitivo-conductual aplicada a las adicciones se apoya precisamente en estas capacidades, por lo que conviene adaptarla al momento cognitivo de cada persona: explicaciones más breves, ejemplos concretos, repetición, apoyos visuales y tareas pequeñas y alcanzables.
Es fundamental que se tenga en cuenta el nivel de deterioro cognitivo que presenta un paciente alcohólico que va a seguir un tratamiento de deshabituación y así poder adaptar dicho programa a los niveles de recuperación de las funciones cognitivas deterioradas.
Dentro de estas adaptaciones se podría destacar la inclusión de rehabilitación cognitiva en este tipo de programas.
Incluso en pacientes altamente deteriorados comenzar basando el tratamiento en medidas únicamente conductuales para asegurar la abstinencia del paciente. Posteriormente, ir pasando a un tratamientos más de tipo psicológico-introspectivo, donde se dé más prioridad al abordaje de conceptos abstractos como son los distintas problemas emocionales que afectan a este tipo de pacientes.
Esta secuencia tiene una lógica clara. Al inicio, lo prioritario es asegurar la abstinencia con herramientas sencillas y directas: rutinas, horarios, supervisión, un entorno protegido y objetivos muy concretos. Cuando el cerebro ha tenido tiempo de recuperarse y la persona está más estable, se puede profundizar en el trabajo emocional y personal: qué función cumplía el alcohol, qué emociones se anestesiaban, cómo se relaciona con los demás y qué quiere construir a partir de ahora. Intentar abordar demasiado pronto un trabajo introspectivo muy exigente puede resultar ineficaz o incluso desmotivador.
Dado que cada persona llega con un estado cognitivo distinto, la primera pieza de un buen tratamiento es una valoración inicial. Esta valoración permite conocer cómo es el consumo, qué consecuencias ha tenido, qué otras dificultades de salud o emocionales están presentes y cuál es la situación familiar y social. A partir de ahí se define qué tipo de intervención tiene más sentido y cómo graduar el ritmo.
Hay también señales que requieren atención médica específica, como una desorientación marcada, lagunas de memoria importantes, confusión, dificultades graves para caminar o para mantener una conversación coherente. Cuando aparecen, es necesaria una valoración médica sin demora, porque pueden estar relacionadas con carencias nutricionales u otros cuadros que precisan tratamiento especializado. Uno de ellos es el síndrome de Wernicke-Korsakoff, que requiere atención médica especializada. En ningún caso este artículo sustituye a una valoración profesional ni permite diagnosticar a nadie.
El entorno cercano tiene un papel muy valioso durante el periodo de recuperación cognitiva. Algunas pautas generales que suelen ayudar:
Cuando el entorno comprende que hay un cerebro que se está recuperando, la convivencia se vuelve menos tensa y la persona se siente más acompañada y menos juzgada. Es, además, una forma de responsabilidad compartida sin culpabilizar a nadie.
En MOMENTO, centro de tratamiento de adicciones en Madrid fundado en 2014, cada proceso empieza con una valoración inicial y se construye de forma individualizada. Si el consumo de alcohol es el problema principal, puedes conocer cómo lo abordamos en nuestra página sobre tratamiento del alcoholismo. Trabajamos con un programa residencial de convivencia supervisada 24 horas, con un mínimo inicial de tres meses, y con un programa ambulatorio de mañana y de tarde. Cuando procede, la desintoxicación se realiza en clínica especializada con supervisión médica y psiquiátrica. También contamos con vivienda de apoyo y con trabajo con las familias, porque la recuperación se sostiene mejor cuando el entorno forma parte del proceso.
Si tú o alguien de tu familia os preguntáis cómo está afectando el alcohol a la memoria, la atención o la capacidad de decidir, no hace falta esperar. Llámanos al 608 78 34 25, disponible las 24 horas, o escríbenos a través de la página de contacto. Te escucharemos sin juicios y te orientaremos sobre los siguientes pasos.
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