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Apuestas – La nueva adicción de los más jóvenes
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Uno de los síntomas que aquejan a la persona con adicción es la dificultad de responsabilizarse de sí misma, tanto de lo que siente y piensa como de lo que hace. Al mismo tiempo, como complemento de este síntoma, el familiar adquiere esas responsabilidades, por lo que se forma una dependencia entre familiar y persona con adicción que es uno de los retos más difíciles de superar en las terapias de adicciones.
Hablar de responsabilidad en la recuperación no es hablar de culpa. Es hablar de recuperar, poco a poco, la capacidad de decidir, de sostener esas decisiones y de responder por ellas. En este artículo explicamos cómo se rompe ese proceso, qué papel juega la familia y qué significa realmente hacerse responsable de uno mismo.
A lo largo de la vida los seres humanos pasamos de una dependencia absoluta a una independencia relativa. Este proceso de independencia no es de “todo o nada”, sino un proceso escalonado. Así, por ejemplo, un recién nacido depende de sus padres absolutamente para todo: para que le trasladen, le acerquen las cosas, le alimenten, le abriguen. Meses después, ya puede agarrar las cosas y después desplazarse solo. Progresivamente, el niño se sigue independizando: puede leer sus propios cuentos, luego puede ir solo por la calle, hasta que empieza a desvincularse afectivamente e, incluso, económicamente.
Este camino no termina en la infancia. A lo largo de toda la vida adulta seguimos ganando y perdiendo autonomía en distintos ámbitos: el trabajo, la economía, la pareja, la forma de cuidar de nuestra salud. Nadie es independiente del todo ni dependiente del todo, y lo sano es moverse con flexibilidad entre pedir ayuda cuando se necesita y asumir lo propio cuando toca.
Todos seguimos este proceso de independencia, aunque no nos demos cuenta de que cada escalón de responsabilidad superado es vivido como un desequilibrio. Las personas tendemos al equilibrio, y cada uno de estos pasos es un desequilibrio importante, tanto en las relaciones como en la manera de ver y ser visto por los demás. Nos podemos poner muy contentos por haber conseguido mayor independencia, pero el organismo la percibe como una señal de amenaza y lo vive con angustia.
De esta manera existe una disociación entre aquello que deseamos y el hecho de obtener nuestro deseo. Por una parte, todo ser humano tiende a querer ser independiente y responsabilizarse de su vida, pero también existe una tendencia opuesta a romper ese proceso de independencia por el desequilibrio producido y la angustia que conlleva. Por ejemplo, conseguir un trabajo es vivido como algo satisfactorio, como un logro hacia la independencia, pero a la vez se puede vivir con angustia la rutina que conlleva, la consecución de objetivos, levantarse temprano…
Entender esta ambivalencia es importante en recuperación. Cuando una persona que deja de consumir siente miedo, inquietud o ganas de volver atrás justo al asumir más responsabilidades, no está fallando ni “queriendo poco” su cambio: está viviendo una reacción humana y previsible. La clave es saber que existe y acompañarla, no esconderla.
La adicción puede ser uno de los causantes de la ruptura de este proceso de independencia, ya que en muchos casos ha llevado a la pérdida del trabajo, a la dependencia económica de otros e incluso a la creación de una imagen de incapacidad a la vista de los demás.
En el programa de tratamiento de MOMENTO vemos con frecuencia el “síndrome del hijo pródigo”, sobre todo en varones entre 35 y 45 años que se casaron, tuvieron un problema con el alcohol, las drogas y/o conductas adictivas, la pareja les abandonó y tuvieron que volver a casa de sus padres. Por tanto, la adicción es una bajada de escalones dentro del proceso de independencia.
Volver a la casa familiar a esa edad no es solo un cambio de domicilio. Supone retroceder en la forma en que los demás te ven y en la forma en que tú te ves, y a menudo se acompaña de vergüenza, de miedo a decepcionar de nuevo y de la tentación de dejar que otros vuelvan a resolverlo todo. Por eso el trabajo terapéutico no consiste solo en dejar de consumir, sino en volver a subir esos escalones con apoyo y a un ritmo realista.
Algo parecido ocurre en la pareja. La adicción rompe la relación normal de simetría. En una pareja los dos miembros están aproximadamente en igualdad. En función de las personalidades, puede que uno sea algo más dependiente que el otro, pero sin mayor trascendencia. Pero la adicción coloca a uno en situación de completa dependencia con respecto del otro.
La adicción supone una pérdida progresiva de responsabilidades, siendo la otra parte la que organiza y gestiona, con lo que se depende de las decisiones que tome, sin tener en cuenta la opinión de la persona con adicción en temas tan importantes como la gestión de la casa, la educación de los hijos o el tratamiento de adicciones a elegir. Esta dependencia puede parecer negativa, pero evita tomar muchas decisiones que pueden resultar incómodas.
Con el tiempo, la pareja que asume todo puede acabar agotada y resentida, y la persona que lo delega, más pequeña e inútil a sus propios ojos. Ambas cosas se alimentan mutuamente, y ninguna de las dos es fruto de mala voluntad: son ajustes que el sistema fue haciendo para seguir funcionando.
La enfermedad de la adicción también cumple funciones para el familiar, ya que en casa solo se toman decisiones en base a un criterio que suele ser el del propio familiar. Al mismo tiempo, la enfermedad tapa un sentimiento de vacío en él: el ocuparse del otro y el estar pendiente de él hace que no mire lo que le está pasando y termine no responsabilizándose de lo propio, evitando así quedarse cara a cara con cómo se siente y con su propia realidad. Tener continuamente a alguien enfermo al lado nos hace minimizar y tapar lo que realmente nos ocurre a nosotros.
Esta idea puede resultar incómoda, pero también es liberadora. Si el familiar ha pasado años cuidando, vigilando y resolviendo, es normal que sea precisamente quien más cueste que suelte esa tarea, porque durante mucho tiempo ha sido su manera de sostener a la familia y, quizá, de no mirarse a sí mismo. Cuando esta dinámica se vuelve rígida hablamos de codependencia, y puede profundizarse en el artículo Codependencia: cuando ayudar se convierte en parte del problema.
En definitiva, la dependencia supone la pérdida de determinados privilegios, pero también el librarse de determinadas responsabilidades. De esta manera, a ambas partes (tanto en el caso de la pareja como en el de los padres) les cuesta volver a la independencia aunque ya no exista el consumo. El familiar tiene determinadas obligaciones creadas. Hay cosas que ya no se cuestionan. A uno le cuesta soltar las riendas y a otro tomarlas.
La adicción crea una serie de roles que luego es difícil de deshacer y que se siguen de manera automática. La persona piensa que no quiere volver a consumir, que quiere responsabilidades y, sin embargo, sigue en el rol de enfermo. El familiar piensa que quiere igualdad en su pareja y, sin embargo, sigue siendo dependiente.
Algunas señales de que los roles antiguos siguen funcionando, aunque ya no haya consumo, son:
Reconocer estos patrones es el primer paso para cambiarlos. Los roles que se crearon con la mejor intención pueden ir transformándose, pero requieren que ambas partes quieran moverse a la vez. La familia también puede formar parte del proceso a través del programa de familias de MOMENTO.
Adquirir responsabilidades es responder por aquello que yo he decidido o he hecho. Hacerse responsable es saber que, a pesar de que sería más cómodo que otro cargase con cosas que son mías, me corresponde a mí hacerme cargo de ellas. Es saber que, a pesar de que tenga muchas personas a mi alrededor que no tendrían problema en ocuparse de lo mío, soy yo quien lo quiere hacer porque me corresponde y porque es lo que me ayudará a crecer.
Hacerse responsable de uno mismo implica, a su vez, hacerse cargo de lo que uno siente: respetarlo, gestionarlo, dejarlo estar. Y ahí reside el gran problema de la persona con adicción: hacerse cargo de sus sentimientos. Muchas veces la sustancia o la conducta adictiva se han usado precisamente para no sentir, y aprender a tolerar la tristeza, el enfado, el miedo o el aburrimiento sin huir de ellos es una de las tareas centrales de la recuperación.
Conviene aclarar que responsabilizarse no es lo mismo que culparse. La culpa paraliza y alimenta la vergüenza, que a su vez es una de las mayores amenazas de recaída. La responsabilidad, en cambio, mira hacia delante: reconoce lo ocurrido, repara en lo posible y decide qué se hace ahora. En MOMENTO trabajamos la responsabilidad sin culpabilizar, entendiendo que nadie elige tener una adicción pero sí puede elegir cómo afrontar su recuperación. Sobre esta diferencia también hablamos en ¿Por qué hay recaídas? Entendiendo la adicción sin culpa.
Si la independencia se perdió escalón a escalón, también se recupera escalón a escalón. No se trata de devolver de golpe todas las responsabilidades a la persona, lo que puede ser demasiado y provocar angustia o recaídas, ni de mantenerla indefinidamente en un rol de enfermo. El camino razonable es una autonomía progresiva, con pasos pequeños, claros y acompañados:
En la convivencia de un recurso como el programa residencial, este aprendizaje ocurre en el día a día: compartir espacios y tareas, cumplir normas, resolver conflictos y asumir las consecuencias de lo que uno hace. Es una forma de practicar la responsabilidad en un entorno supervisado antes de volver a la vida cotidiana.
La familia tiene un papel esencial, y no es el de vigilar ni el de resolverlo todo. Algunas pautas generales que ayudan:
Soltar las riendas produce miedo, y es normal. Pero acompañar desde la confianza, y no desde el control, es lo que permite que la persona vuelva a sentirse capaz.
Responsabilizarse de uno mismo es sinónimo de crecimiento y madurez, un salir del estado infantilizado y dependiente en el que mantiene la enfermedad de la adicción. No ocurre de un día para otro, ni se logra a solas por pura fuerza de voluntad. Se construye con apoyo, con tiempo y con la disposición de todas las personas implicadas a cambiar su lugar en la historia familiar.
En MOMENTO acompañamos desde 2014 a personas con adicción y a sus familias, con una intervención individualizada que empieza siempre por una valoración inicial. Trabajamos para que cada persona recupere su autonomía de forma progresiva, y para que la familia encuentre su propio lugar y su propio cuidado en el proceso.
Si quieres hablar con nosotros, llámanos las 24 horas al 608 78 34 25 o escríbenos a través del formulario de contacto. Podemos ayudarte.
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